Este invierno de enfrentamientos, de inventos perversos, de división, de desconfianzas, de fragmentación del tejido taurino, dicen que es el más seco de los últimos setenta años. Posiblemente también en lo taurino. Este invierno no ha aportado más que rencillas, malos entendidos, palabras sin desvelar y una enorme confusión para lo más importante: para el público, para el aficionado. Ese que va a hacer un enorme esfuerzo para sacar el abono, que acabará bajando, ese que va a hacer un esfuerzo muy meritorio para elegir tres tardes en lugar de diez y gracias. O ese que va a rebuscar en la crisis de sus bolsillos los euros que se necesitan para ir por lo menos una tarde a la feria.
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