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Cuando truena

Hace décadas, cuando rayos y truenos se traían un pedazo de lo que supuestamente era el infierno, los abuelos mandaban rezar el rosario a los nietos para convocar el amparo de Santa Bárbara. De la que se acordaban cuando tronaba. Los rayos se iban, habían matado dos ovejas, media cabra y algunos árboles se quedaban con el miedo en las escasas ramas de por vida, para la leyenda, pero la conclusión es que “podía haber sido peor” si no es por Santa Bárbara. De eso, algo queda. Las tormentas por supuesto, pero me refiero a acordarse de que existe la santa solo cuando las hay.

Dejemos atrás esa leyenda de rumores de la España más negra en mesas inadecuadas y manos supuestamente inadecuadas y dotemos a nuestros cirujanos y al toreo de una decencia de futuro. No ha habido jamás un pliego de condiciones en donde pueda puntuar una inversión empresarial en este sentido. Hay que sentarse con ellos, escucharles y actuar

De los médicos de cirugía taurina nos acordamos cuando hay cornada. Inmediatamente subjetivizamos historias para analizar si el torero podía haber quedado mejor, peor, depende de las manos de quien le intervenga. Depende de si era en un pueblo con plaza portátil, si era en una ciudad o en una gran plaza. Depende de. Y, además, nos acordamos cuando. O sea, que la medicina taurina es “depende de” y solo “cuando” sucede. No sé si hay una reglamentación suficiente al respecto a medios y protocolos de intervención, creo que no. Y para que no exista una cirugía taurina que dependa de y nos acordemos de ella solo cuando sucede, hay que ayudar a los médicos que llevan años y años implicados y suplicando casi una mejora en este sentido.

En toda intervención cuenta, por supuesto, el talento de quien interviene. Pero eso sucede incluso para el mejor hospital de la mejor ciudad y para unas migrañas. Se trata de que sepamos, por ejemplo, que los protocolos de España y Francia son distintos y solucionar en la medida de lo posible este problema, que lo es. Porque estamos hartos de silenciar casos en Francia en donde la atención a un torero no es que sea susceptible de mejora, es que con su protocolo de actuación es insuficiente. No podemos silenciar más esto.

Tampoco podemos silenciar que hay festejos que se celebran sin los mínimos. Sin los medios técnicos y humanos. Que hay médicos que suman buen talento y mejor alma humana y se llevan sus propios utensilios de trabajo, perdón por el palabro. Que, además, algunos médicos no han tenido la formación suficiente al respecto y que, problemón, la cirugía taurina es especialización extra universitaria en un país donde el toreo y la Tauromaquia, supuestamente, llegó a ser el 1,2% del PIB de este bendito país. No hay un traslado formativo adecuado, y, sumado a los demás problemas, la cirugía taurina se ha convertido en un problema. Un día saltará a los medios uno esos de tantos casos mejorables y nos tratarán de salvajes, y esas cosas que tanto bien hacen al toreo.

Hay grandes médicos, muchos más de los que creemos, y con una vocación tremenda por este complejo mundo que casi se ha convertido en una cirugía fantástica o fantasma, en donde el temple parece que ha de ser superior al conocimiento y en donde se espera que dos manos hagan un trabajo impecable aunque sea con alicates. Esta fantasía que termina en un brindis en una plaza de toros no es que no sea suficiente, es que es anacrónica. Nuestros médicos necesitan una seguridad mínima de todo lo escrito y, además, la seguridad del traslado a las generaciones siguientes de los entresijos de esta especialidad.

Dejemos atrás esa leyenda de rumores de la España más negra en mesas inadecuadas y manos supuestamente inadecuadas y dotemos a nuestros cirujanos y al toreo de una decencia de futuro. No ha habido jamás un pliego de condiciones en donde pueda puntuar una inversión empresarial en este sentido, mientras nos ocupamos en exceso de inutilidades varias. Hay que sentarse con ellos, escucharles y actuar.

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Cuando truena

Carlos Ruiz Villasuso

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Carlos Ruiz Villasuso

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