LA REVOLERA

El ciclón Ferrera

Paco Mora
domingo 25 de octubre de 2020

A Carlos Arruza le llamaban “El ciclón de México”. Ya se sabe lo aficionado que es el periodismo taurino mexicano a ponerle sobrenombres a sus toreros. Con el de “El tigre de Guanajuato” pasó a la historia del toreo el primer Juan Silveti. Por cierto, que a su hijo Juanito, continuador de la dinastía fundada por El Tigre, le llamaban “el tigrillo”, porque era un torero de calidad que nada tenía que ver con el desgarrado estilo de su señor padre. Por cierto, que el fundador de la saga fue capaz de participar por la mañana en una batalla junto a Pancho Villa, matar una corrida por la tarde en la capital azteca y raptar, llevándosela a la grupa de su caballo, por la noche a la actriz de teatro más famosa de la República mexicana. Es de suponer que con la aquiescencia de la bella señora. Y todavía le quedó tiempo para batirse a pistola con un generalito al que “madrugó” dejándolo fuera de combate. Todo en el mismo día.

Eran otros tiempos y otros lopeces, pero el sábado día 24 de octubre del año del coronavirus, un torero español, extremeño por más señas, llamado Antonio Ferrera, tuvo una tarde en la plaza de toros de Badajoz que seguramente pasará a la historia del toreo como la gran hazaña de un torero con más valor que El Espartero de la copla, genial y por genial distinto. Y eso en pleno siglo XXI, mucho tiempo después de que el hombre viajara por primera vez a la luna. La corrida era “una tía” con más peligro que una víbora en un bidé. Porque el toro boyante y colaborador de mi amigo Fernando Domecq que EPD, se debió quedar pastando entre las carrascas y los olivos de la finca ganadera.

¿Que por qué he comenzando sacando a relucir el valor y la personalidad aventurera del primer Silveti mexicano? Sencillamente porque de lo que vendió Ferrera el sábado de marras en la plaza de la capital de la tierra extrema y dura ya ni queda ni se le espera. Jugarse la vida como se la jugó el pequeño-gran torero de la tierra de Hernán Cortés y Pizarro con seis toros que eran seis catedrales, y la mayor parte de ellos con peores ideas que otros tantos murciélagos borrachos, no es cosa que pase todos los días. Y eso que el “tío” se pasó por el forro todas las normas de la lidia habidas y por haber tanto en el tercio de varas como en todos los demás. ¿Y matando? Matando, el andoba deja el toro a veinte metros y sale andando espada en ristre y en línea recta hasta el morrillo y les mete la tizona hasta la empuñadura, como si se tratara de pinchar una aceituna con un palillo de dientes a la hora del aperitivo. Y eso en los seis, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Ustedes sabrán, pero uno no ha visto jamás algo igual ni siquiera parecido. Ahí quedó la actuación de un torero que además de ser un compendio de temple y torería es capaz de sobrecoger a los espectadores con un valor a prueba de bombas. ¿Quién dijo que el espectáculo taurino está falto de emoción y originalidad? Ahí está Ferrera para desmentirlo.

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