El toreo tiene unos principios eternos que hay que respetar pero que permiten variantes más o menos vistosas y espectaculares, lícitas siempre que se respeten las normas esenciales que hacen de la Tauromaquia un arte. Talmente ocurre con la música, la pintura o cualquier otra expresión artística tradicional. Son artes que permiten interpretaciones personales, pero siempre dentro de las reglas que conforman el núcleo de su esencia. Las variaciones sobre una obra de Beethoven, Liszt, Mozart o Wagner, pueden ser divertimentos, pero en el fondo no pasan de ser guiños o travesuras, respetables mientras no violen la grandeza de la música como arte.
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