Hoy no escribo de las figuras que están ahí por algo desde la madurez de El Juli a la frescura sólida y creativa de Talavante. No escribo de un Manzanares asentado en la calidad, ni de la espectacular eternidad profesional de Ponce, ni de Castella, ni de Perera, ni del espíritu santo que acompaña a Morante, ni siquiera del mérito de años, de números y de realidades de El Fandi, a veces tan denostado u orillado, ni del retorno de Esplá, tan diferente a todos, ni de tantos toreros de feria. Sí que hago un breve aparte con Juan José Padilla que inevitablemente es ya de la familia. Un ser humano con unas coordenadas de humanidad que vuelan por encima incluso de lo humanamente extraordinario. Y quien le conoce lo sabe. Padilla es el espejo en que hay que mirarse cuando tengas dudas, depresión o te fallen las fuerzas. Padilla es la fortaleza interior que nunca se hunde agarrado a dos cuerdas salvadoras: la fe y la fuerza, la religión y el toro. Y su tercera virtud es no fallar nunca, estar siempre ahí cuando tu semejante salte de felicidad o se hunda de dolor. Ahí y de rodillas ante el toro lo encontraréis siempre. Y en el tiempo corto en que duerme: soñando puertas grandes.
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