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La injusticia social no está de moda

“La culpa yo no la tengo / la tiene yo no sé quién / aquel que tenga la culpa mala puñalá le den”, canturreaba el ciego de nacimiento con la mano extendida, maldiciendo la mala suerte de verse obligado a malvivir de la caridad pública. Maldecir el propio destino es el último recurso de la impotencia. Nadie tiene por qué cargar su conciencia con el “mal fario” de los demás, pero sí somos culpables de pasar junto a la desgracia de nuestros semejantes sin echarle cuentas, como si no fuera con nosotros.

Tiene razón Diego Urdiales cuando viene a decir que no es lícito centrar la mirada en los matadores de toros que se llevan los 240.000 euros por corrida en Madrid, sin pensar en los que están matando las corridas más duras y difíciles por el chocolate del loro, que finalizan cada temporada más tiesos que la mojama sin saber cómo van a lidiar el invierno. Y eso después de haber pechado con los hierros más duros, difíciles y peligrosos de la cabaña brava.

De poco vale que los ricos del toreo se comprometan a matar algunas corridas de las destinadas a los de la parte baja del escalafón, porque eso no restablecerá la justicia distributiva en el mismo. Entre otras cosas porque todos estamos convencidos de que las figuras pueden con todo lo que salga por los chiqueros, y más presentándolo como gesta o gesto puntual. Eso sería tanto como gritar a los cuatro vientos: “¿Ven como nosotros también podemos con el funo?” A los aficionados no nos demuestran nada con eso, porque ya lo sabemos de antemano. Nadie llega a la cumbre del toreo si no es un torero extraordinario.

Y no es eso. Lo que deben propiciar los mandones es que esa pléyade de toreros que luchan a diario con lo imposible, alternen con ellos en igualdad de condiciones y disfruten de las mismas oportunidades, y luego... El que más pueda, capador. Además, es que en toda la historia del toreo las figuras de verdad han alternado con todos los toreros de su época en vez de cerrarles el paso a los que luchan por abrirse camino, y más si saben que les pueden resultar incómodos. Eso de billete grande, toro chico y el que venga detrás que arree, ha pasado de moda. Y hasta en el arte, esa práctica se llama injusticia social.

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La injusticia social no está de moda

Paco Mora

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