BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS
Luque con la muleta I Vicente CanellesLuque con la muleta I Vicente Canelles

La maestría de Luque y la ambición de Navalón

José Luis Benlloch
domingo 06 de septiembre de 2026
De Justo no quiso quedarse atrás y persiguió el triunfo con carácter en la Utielana
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La maestría incontestable de Daniel Luque, ahora mismo capaz de pegarle pases al bravo y al manso hasta el mismo linde del milagro que fue justo lo que hizo el sevillano en Utiel, moldear embestidas y de pronto… ¡zas!, la faena milagro; el voluntarismo de Emilio de Justo, tenaz perseguidor del éxito al que le sobraron, una vez más, la excesiva gestualidad y las voces en la búsqueda del triunfo; y la disposición de Samuel Navalón, que superó el infortunio de su primero que se partió una mano y le dejó sin opciones apenas había empuñado la muleta. Lo logró con una faena al sexto de quiero y quiero y aún quiero más, todo en la corta distancia, donde quema hasta el aliento de los toros, justo donde los toreros con ambición y juventud se ganan los contratos. En ese territorio le aguantó parones y probaturas al de Arauz. Con esas armas le mandó, realidad le obligó y le condujo en sus breves arrancadas hasta lograr el enardecimiento del público que le aclamó en justa correspondencia a su entrega, para finalmente emborronarlo con su mala espada.

Todo sucedió frente a una corrida de Arauz de Robles, de excelente presentación, escasa casta y no mal estilo que se dejó hacer, esa fue su virtud principal, dejarse hacer de tal manera que si hubiese que resumir su comportamiento habría que decir que fue guapa y pacífica. Ocurrió en tarde de bochorno climático y ambiente festivo, con una entrada que rondó la mitad del aforo a la hora de arrancar el paseíllo, poca cosa para los atractivos que ofrecía el cartel. No faltó nada en la tradicional puesta en escena utielana, las reinas de la fiesta; la torta con tajás en el entremedio; las ovaciones en el arrastre a los rocines que a quienes no conocían la idiosincrasia de la plaza pudo llamar a engaño pensando que se ovacionaba a los toros y no, se aplaudía a los caballos, toda una galería de rocines de los de presumir.

Foto: Vicent Canelles

Volviendo a la lidia me quedó en la memoria un mazo de verónicas de Luque al toro que rompió plaza. Lances templados, de manos bajas y exquisita belleza, perfecto juego de brazos y un ritmo mecido y alado, rematados con una larga. Todo lo cual hizo pensar en lo mejor pero ya para entonces el toro anunció que era de mecha corta. Luego la faena fue de orfebrería, de darle forma a las embestidas y acomodarse al vientecillo molesto hasta olvidarse de él. El toro fue a menos, el maestro, muy asentado y lúcido, a más. Con el ataque final por luquecinas, por si había dudas, dejó las cosas en su sitio, allí mandaba Luque. En el cuarto, toro bajito de todo, apareció de nuevo la ciencia de Luque en una nueva exhibición de técnica. Soberbio con la espada propició un momento de escultórica belleza, lo que siempre se tuvo como muerte de bravo, aunque en este caso no lo fuese.

Emilio de Justo recibió a su primero con verónicas que mezcló con vistosas chicuelinas. Luego la faena tuvo vibración y fue mejor a derechas que a izquierdas. Lo despachó de una efectiva tocada. Repitió planteamiento y ánimos con el quinto y volvió a mostrarse contundente con los aceros. Cortó una oreja de cada uno de sus toros, la misma recompensa que había obtenido Luque para el que pidieron un tercer trofeo. Sin opciones en su primero, Navalón salió a revienta caderas ante el sexto, el toro de más cuajo de la tarde que se enfadó con el caballo más por genio y tendencia a la fuga que por bravura. Luego el trasteo tuvo exposición y buena técnica, firmeza y paciencia para aguantar las probaturas del toro, planteamiento que aplicó por un pitón y por otro hasta desengañar al de Arauz que acabó entregándosele. Si el toreo es imponerse y dominar al toro vaya si se impuso, diría que dominó y hasta domó. Un desplante final encendió la plaza literalmente que reaccionó puesta en pie. Y luego llegó el desengaño estoqueador, para las estadísticas una pena, para los aficionados menos pena si tenemos en cuenta la dimensión que había dado con su planteamiento. Cortó una oreja que bien pudieron ser dos y se quedó a pie de la foto finish de la puerta grande.

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