Viajar enseña porque viajar es ver. Cada vez estoy más seguro de que el toreo o la tauromaquia en conjunto es reo de muerte por no ser caballo de buena doma. El toreo no es domesticable. Tiene dentro lo que tiene la vida por ser vida: la muerte. Es la única actividad humana popular que aguanta el modismo social que decidió, hace mucho tiempo, que la idea de progreso o progresía era igual a la no existencia de la muerte. A la no existencia del dolor o lo que nos hace sufrir. En esos lugares, el toreo es rechazado de plano.

A cada lugar, país, continente o región “desarrollada” que uno viaje, hay un punto de encuentro: la muerte está escondida, la muerte está ocultada, el dolor viaja en hospitales escondidos, el progreso es que la muerte sea silencio. Eso sucede en todos los lugares del llamado “estado de bienestar”. Es curioso cómo en los lugares menos desarrollados, allí donde el progreso occidental no ha llegado, la muerte es más natural, es más lo que es: una parte de la vida. Y, en estos lugares o países, el toreo se vería o se ve como algo natural. Jamás como una barbarie agresiva.

Dentro del mismo público de toros hay una sensiblería que hace reaccionar de forma “progresista” a quien contempla una cornada, una herida a un caballo de picar o a uno de un rejoneador. La mirada se va a negro, el gesto se endurece. Tras la cornada hay que evitar que su imagen salga de la misma plaza. Es una forma común de tratar hoy la visión del dolor, del sufrimiento y hasta de la muerte. Ser progre es renunciar, ocultar, olvidar, que eso existe de la misma forma que existe la vida.

Hace poco hemos celebrado el día de Todos los Santos, en la cultura más mestiza de los países suramericanos, el Día de Muertos. En estos países de cultura india, mestiza o latina o española, se celebra la muerte festejando a la propia muerte. Y se hace porque en el ADN de sus culturas y de su vida, la muerte está presente

Y ese mismo progresismo global, el de la afinidad hacia las mascotas con derechos, el de la ocultación de la muerte, está vigente en este país llamado España, máxime cuando han llegado al poder las generaciones de políticos creados y educados en ese basurero humano que es la negación de la sangre, la negación de la muerte. Y el toreo no es otra cosa que la expresión total de la vida, con su muerte implícita en todos los órdenes.

Y es curioso. Tan curioso que nos lleva a una paradoja hipócrita. Los índices de muerte por la violencia más inhumana, el suicidio, en los países progresistas, tienen unas cifras bestiales: en España diez seres humanos se suicidan cada día. Finlandia, país declarado por la ONU como el de mejor calidad de vida, tiene el índice de alcoholemia más alto del mundo, el índice de muerte por violencia machista más alto de Europa (diez puntos más que el nuestro). Finlandia, sí, el paraíso terrenal de la progresía de nuestros políticos nuevos.

Al contrario, los índices de suicidio de esos países no globalizados por el progresismo del “desarrollo” son muy bajos. Y lo son por una razón. No porque exista el toreo, claro. Pero sí porque su humanidad diaria y cotidiana asienten la idea que tiene el toreo: que la muerte existe porque forma parte de la vida. Que la vida lo es porque es muerte y sólo porque es muerte. Muerte en el árbol, muerte en el ser humano, muerte en el animal. Cada ser vivo lo es porque es un ser que va a convertirse en un ser muerto.

No formamos parte del emblema del progresismo que trata a la vida como algo que ha de ocultar la muerte. Hace poco hemos celebrado el día de Todos los Santos, en la cultura más mestiza de los países suramericanos, el Día de Muertos. No es el Halloween anglosajón, bastante chufla. En estos países de cultura india, mestiza o latina o española, se celebra la muerte festejando a la propia muerte. Y se hace porque en el ADN de sus culturas y de su vida, la muerte está presente.

Hace poco unos líderes políticos de Podemos y ahora no sé de qué siglas, dijeron que estas celebraciones eran propias de un país atrasado. Claro. Y el toreo es evidencia del hombre de las cavernas. Y hay que revisar el machismo de Velázquez. Y el ecologismo es un jardín vertical que no necesita de riego.

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La muerte

Carlos Ruiz Villasuso

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