Como en Guernica, caen bombas sobre el chopo del toreo en la capital. Bilbao fue, es y deberá seguir siendo la gran plaza del norte. Es uno de los cinco o seis pilares que sujetan el edificio de la Tauromaquia hispana: Valencia, Sevilla, Madrid, Pamplona, Bilbao y Zaragoza. Había otra, llamada Barcelona, que la hundieron los herederos de aquel empresario con afición a la Fiesta, y a la pela, llamado don Pedro. El apellido ya lo saben. Muchos cines y poco amor al toro heredarán los sucesores; y aquel tesoro, aquella plaza, que llegó a sobrepasar en número a Madrid, fue enflaqueciendo hasta llegar a la anemia taurina mientras los Balañá se dedicaban al cinema y al negocio con los que ya andaban borrando las huellas de todo lo que olía a español. Y cambiaron el toro de Osborne de esas horteras pegatinas que se ponían en los coches por otra con el burro catalán como antídoto nacionalista. Ahí empezamos a hacer el burro.
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