Se puede torear más bonito, con más arte o con mayor donosura, pero con más valor ni el que lo inventó. Esta tarde en Zaragoza se ha jugado hasta la partida de nacimiento con sus dos “adolfos”. Me decía un día el gran Bojilla que a Frascuelo, el de Burriana, le sonaban sus atributos masculinos como dos cocos cuando, en la gamella-abrevadero de las caballerías, se aseaba antes de vestirse de torero para irse a torear a Granada. Yo no sé a qué le sonarán al murciano Rafaelillo, pero sonarle le suenan. Se puede torear más bonito, con más arte o con mayor donosura, pero con más valor ni el que lo inventó. Esta tarde en Zaragoza se ha jugado hasta la partida de nacimiento con sus dos “adolfos”. Y los maños, que pueden presumir de bravos porque parte importante de la historia de España se ha escrito con su valentía, se han rendido sin condiciones a su apasionada entrega. Rafaelillo se ha marchado al hotel con el cuerpo tundido, como Don Quijote en su lucha contra los molinos, pero con el corazón contento y la conciencia tranquila. ¡Así se sale a una plaza de toros vestido de luces!
La corrida de Adolfo Martin hubiera sido perfecta para la época en que el toreo era solo lidia, pero hoy el toreo es otra cosa. Además de lidia, claro. Pero los arreones de manso y esconderse detrás de la mata para intentar sorprender a los toreros nunca fue bravura. Aunque algunos disfruten mucho con eso porque tienen un concepto trasnochado del toreo.
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Los dos cocos de Rafaelillo
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