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Los juampedros cantan la gallina

Miren ustedes, señores míos, cualquier toro por pequeño y manso que sea se puede llevar por delante a un torero, pero también es cierto que con toros sin bravura, fiereza y fuerza, el toreo degenera en una pantomima con lentejuelas y medias de colores.

La fijeza es cosa de lechuzas y mochuelos y la nobleza virtud de condes, duques y marqueses. Y los juampedros de eta tarde sólo tenían esas dos condiciones. Sosería, vulgaridad y aburrimiento era lo único que sugerían sus embestidas y así ni Talavante ni Roca Rey ni Gallito y Belmonte que resucitaran. A ver si vamos a echar de menos los dos “venaos” de Núñez del Cuvillo y Mayalde de anteayer, pensará el paciente lector… Pues sí, aquellos dos toros tenían la condición esencial que debe tener el toro bravo para serlo: casta, mala casta en ocasiones pero casta al fin y al cabo, que traducida en fiereza, fuerza y acometividad puso a prueba a dos toreros -Talavante y Roca Rey- que les pudieron y se jugaron con ellos la safena y la femoral, enardeciendo y poniendo en pie al público de Las Ventas.

Los juampedros han dado un sainete que no merecía el público que acudió ilusionado al reclamo de las hazañas que protagonizaron hace dos días el extremeño y el peruano. Hoy sí se ha enfadado el público madrileño. Y con razón. Con esa monjil bondad de los toros jerezanos el toreo se convierte en un quiero y no puedo más parecido a un ensayo del Bolshoi que a una corrida de toros. Y el toreo es un espectáculo artístico que se basa en la emoción que produce en los tendidos la victoria de la inteligencia del hombre frente a la acometividad de la fiera. ¿Pero dónde estaba hoy la fiera? En la arena de Las Ventas por supuesto que no.

Un día, en el callejón de la Monumental de Barcelona -se celebraba el histórico festival de la riada- le pregunté a Domingo Ortega qué era para él torear y me respondió: “Torear es básicamente poder con los toros”. Pero cuando los toros salen “podios” como esta tarde en Las Ventas, el toreo brilla por su ausencia. De esta realidad no parecen acabar de darse cuenta los hombres del negocio de los toros. Y posiblemente cuando le quieran poner remedio ya será tarde. Miren ustedes, señores míos, cualquier toro por pequeño y manso que sea se puede llevar por delante a un torero, pero también es cierto que con toros sin bravura, fiereza y fuerza, el toreo degenera en una pantomima con lentejuelas y medias de colores.

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Los juampedros cantan la gallina

Paco Mora

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