Decíamos ayer… Así comenzaba un veterano profesor su primera clase después de un largo y forzoso exilio de su cátedra. Pues bien, aquí, en esto de los toros, lo mismo.
Dejamos Sevilla hablando de falta de casta y mansedumbre y comenzamos en Madrid por el mismo camino. Lo de Valdefresno, salvo el primero y el quinto con reparos, adoleció de falta de fuerzas y de raza. Y así el toreo se convierte en un concurso de bostezos. Y eso que los tres toreros demostraron voluntad y muchas ganas, pero el público cuando los toros se llaman andana no se da por aludido y ni siquiera tiene en cuenta los arrimones ni la insistencia, y hasta faenas templadas con ribetes de buen toreo y una soberbia estocada final como la de Tejela al quinto de la tarde. Largo serial se nos avecina, apto para la buena conversación, y para hacer amistades nuevas, comentar los estudios de los niños y el proyecto vacacional para julio y agosto. Lo que se pierde el cuerpo lo suele ganar el alma.
Los carteles son un pelotazo, puesto que toda la torería que cuenta, desde los protagonistas hasta los secundarios de lujo, están en ellos. Y se ha retirado todo el abono -18.000 oiga usted- que eso si que es un lujazo. ¿Pero aguantará el público madrileño alrededor de treinta tardes de aburrimiento por culpa de la caída en barrena de la ganadería brava española? Aunque miren por dónde, dicen que bostezar profundamente y muy seguido es bueno para prevenir el infarto de miocardio.
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Madrid, suma y sigue
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