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Por Carlos Ruiz Villasuso
Por Carlos Ruiz Villasuso

El gusto

No existe el mal gusto. Ni el buen gusto. Puede que lo de malo o bueno encaje en asuntos como un par de zapatos o una camisa. Pero en arte y en lo que le rodea, no existe mal o buen gusto. En el arte y en sus alrededores, el gusto se tiene o no se tiene. Yo creo que al toro de hoy y el de hace unos años lo que le pasa es que el ganadero no tiene gusto. Es más, creo que ser ganadero es, ante todo, una cuestión de gusto.

Llevamos años y años mentando una verdad que creo es parte mínima de una verdad más grande y que, además, no está suficientemente explicada. Que hemos sacado fuera de tipo a encastes y razas de toros. Y que nos hemos quedado, esencialmente, con una: la de la procedencia Parladé/Domecq. Es una verdad parcial y mal descrita. Porque, en mi opinión, si hay un toro sacado de tipo es precisamente el mencionado. El ahora mayoritario. Si somos sinceros el toro de esta sangre no se asemeja a ese toro llamado antaño “andaluz” que era bajo de cruz y de manos cortas, de sienes estrechas y cara para adelante en buen perfil, largo de viga casi siempre y sobre los 500 kilos.

Y si somos ajustados a lo que tenemos hoy, este toro existe en contadas ocasiones. Ese toro es el de gusto. Crear ese toro es pensar en una forma de torear. Crear ese toro bravo (bravo, no una pava) es pensar en el toreo. Yo creo que los toros de hoy se seleccionan más pensando en algunos toreros (condición) y en algunas plazas (tamaño) pero algunos toreros y algunas plazas no son el toreo. Y esto es haber perdido el gusto.

El tipo y las hechuras más la condición, son los que hacen al toro. Es un equilibrio genético y de idea de toreo. De gusto por el toreo. Romper una de estas dos patas o sumandos es alterar la otra. Si un ganadero decide más tamaño y pitones está alterando la raza, sí, de su sangre original, pero también está alterando el toreo. Además a ese toro se le quiere dotar de una movilidad necesaria, se desea que vaya al caballo, dure... y nadie reflexiona que ese peso contra un caballo es lesivo, que ese volumen es lesivo para su agilidad y su humillación y su calidad.

Y su anchura de sienes y amplitud de grupa y pecho obligan a un toreo en línea o de aperturas de muletazos. Eso que tanto vemos hoy. El cuerpo es tan esencial que al haberlo modificado, hemos optado por una forma de torear. Y lo malo es que desde el tamaño grande no se puede evolucionar hacia más grande. Es imposible. Pero achicar el toro hacia tipos y tamaños de hace tres décadas es imposible.

En esta encrucijada estamos. Saliendo el toro grande en plazas donde había gusto. Coherencia. Porque gusto es armonía. Buen talante. Equilibrio de formas y fondo. Y el toro del llamado “monoencaste” está sacado de tipo como se sacó a los demás. Se perdió el gusto y lo peor es que ya no hay referencia del mismo. Para atrás parece que no se puede seleccionar. Para adelante, hacia más grande, sería ya una aberración. Pero somos tan cojonudos que a lo mejor lo logramos.

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