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LAS VERDADES DEL BARQUERO

Como un torrente

En contra de las apariencias, San Fermín es un dechado de rigor, orden y puntualidad. Ni siquiera el hecho de que la población flotante se multiplique por cinco o por siete o por diez perturba el ritmo secreto de Pamplona. La Feria del Toro, con toda su sencilla liturgia, cumple con el canon: todo a punto siempre. En los corrales del Gas,en las corraletas de Santo Domingo, en el imprevisible encierro, en las dos funciones de la plaza -la estelar corrida, las distintas fiestas matinales- y en la organización

La octava taurina de San Fermín no es en rigor un comienzo sino un final. Un éxtasis último sofocado al apagarse las trémulas velas del “¡Pobre de mí!” en la medianoche del 14 al 15 de julio. Por lo que toca a toros, al arrastrarse el último de los cuarenta y ocho en puntas jugados en la feria parece caer el telón de una función de ocho jornadas y media de teatro épico. Son proverbiales la diligencia, la disciplina y la puntualidad de Pamplona en fiestas. Se levanta el telón a su hora y a su hora cae lentamente una semana después. Una ópera de Wagner. Larga y turbulenta.

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