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Un verano muy peligroso
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Un verano muy peligroso

Estamos viviendo un “verano peligroso” como calificó Hemingway el del enfrentamiento, más ficticio que real, entre los dos cuñados: Luis Miguel y Antonio Ordóñez. Pero esta vez muy cierto, y en el que no se ha producido alguna tragedia irreparable gracias a la actitud de servicio permanente del que hace pocos días denominábamos en las páginas de Aplausos el Ángel de la Guarda de los toreros en Castilla-La Mancha. Concretamente en Albacete. Me refiero el doctor Pascual González Masegosa. Una vez más se ha producido el clásico monumento a la imprevisión, en lo que afecta a las normativas vigentes sobre médicos y enfermerías. Ahora la víctima del estúpido y tan carpetovetónico “no pasa nada” ha sido Manuel Escribano, y el escenario, la plaza de toros de Belmonte, provincia de Cuenca. Por la energía y decisión del apoderado del torero –El Tato-, el incumplimiento de las normas referidas no ha resultado trágico para un hombre vestido de luces. Una vez más el doctor Pascual González Masegosa ha tenido que dar solución al desaguisado de una actuación quirúrgica inadecuada, que enmascaraba un peligro latente que de no pillarle al torero herido Albacete solo a noventa kilómetros, el resultado podría haber sido trágico.

En dos semanas han sido cuatro los toreros a los que ha tenido que intervenir el doctor Masegosa, para solucionar curas inadecuadas que ocultaban destrozos internos que en primera instancia se habían querido paliar simplemente suturando las heridas. Se trata de David Mora en Socuéllamos; el banderillero Niño del Barrio en Membrilla; el novillero Carlos Aranda en Cebreros y últimamente el matador Escribano en Belmonte. En todos los casos, la sapiencia y la especialización han hecho el milagro de cerrarle el paso a la infección o a algo más serio y definitivo. Todos los citados han venido a parar a un cirujano especializado en heridas por asta de toro acreditado, en el que los toreros que se anuncian por esos pueblos de Castilla-La Mancha tienen una confianza absoluta. Y no es un problema de fe sino de conocimiento de su entrega, disposición a cualquier hora del día y de la noche y también de su gran profesionalidad.

Pero todo lo anterior no es más que la puesta en escena de la peligrosa realidad que viven los toreros por esos pueblos, en cuyas fiestas patronales se suelen celebrar novilladas o corridas de toros. El incumplimiento de lo legislado sobre enfermerías y servicios quirúrgicos hace de cada espectáculo una bomba de relojería que puede explotar en cualquier momento. Hasta ahora se ha llegado a tiempo de que “San Pascual González Masegosa” haga el milagro, pero algún día, bien por ausencia, enfermedad o cualquier otra causa como la excesiva distancia para llegar a él a tiempo, puede surgir la tragedia. Y entonces vendrán las “madres mías”. Y es ahora que estamos a tiempo de no permitir que se celebre un solo espectáculo taurino sin la enfermería bien pertrechada y dirigida por un cirujano especializado, o en su defecto una unidad medicalizada en las mismas condiciones.

Para que se ahorre cualquier empresario circunstancial unos pocos euros, o se los lleve de más, no se puede consentir la organización de espectáculos en los que unos hombres jóvenes den el triple salto mortal en el trapecio de sus vidas profesionales, sin la mínima garantía de ser bien atendidos en el albur del accidente.

Son demasiados casos seguidos, y todavía queda verano taurino. Esperemos que quien corresponda ponga manos a la obra y trate de poner coto a la peligrosa situación descrita. Se trata solamente de hacer cumplir a rajatabla la legislación vigente para el caso. Para mañana es tarde. Somos un país con muchas leyes, pero con poca exigencia en el cumplimiento de las mismas…