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ENCUENTROS CON JOSÉ LUIS BENLLOCH

Montealto: más buenos que el pan

jueves 08 de noviembre de 2018, 18:52h

-¿Los toros se parecen al amo?

-Dicen que sí. Y debe de ser verdad.

El arranque de la charla es radical. Lo encaja. Templa y sonríe…

-Ahora las novilladas me están saliendo con mucha calidad y mucha bondad y calidad no sé si tengo, pero bondad sí. Así que sí, que puede que sea verdad, que los toros se parecen al amo.

Y para respaldar el argumento continúa.

-Yo las vacas que dejo son las que creo que se puede disfrutar con ellas y hacer el toreo como se debe hacer. Y te adelanto que no me gustan las que se paran, me gusta que arreen, que para eso están las figuras del toreo, las que ganan dinero, que son las que pueden con el toro encastado. A la gente le gusta ver pasar calamidades al torero y que le corten las orejas.

-Eso no es fácil. Eso no sé si es posible. Mezclar figuras con calamidades… suena a quimera cuanto menos.

-No. Hay muchos que son capaces de eso. Otra cosa es que tengan necesidad de hacerlo. Si no tienen necesidad… pues a lo mejor no lo hacen, pero poder, pueden.

-¿Qué buscas con esta aventura del bravo?

-Disfrutar y que disfrute el que paga, que es el público.

-¿Entre la casta y la clase con qué nos quedamos?

-Con la clase. Y con la casta también.

-Elige, aunque solo sea para la entrevista.

-A mí me gusta la clase, pero es imprescindible el motor, la transmisión. No aguanto el toro al que haya que pegar veinte zapatillazos para que te embista.

-Esos, los del motor, dicen que molestan.

-Bueno, que digan. También dicen que no se paran pero cuando tienen clase, si les pegas dos doblones por abajo y dos puyazos, sí se paran y es cuando la casta les hace venirse arriba, bajar la gaita y repetir y repetir... A esos se les hace el toreo bueno. Y eso es lo que le llega al público.

-Más buenos que el pan. Es un refrán.

-Me vale. La bondad y la bravura pueden ir de la mano. Y el pan es vida. Me vale.

Es Agustín Montes. Lo conocía de referencias. Todas buenas. Todos coinciden, ¡Buena gente! te dicen cuando sale a conversación y en este mundillo no regalan lisonjas, así que debe de ser verdad. Hombre afable, llano, de fácil charla, ocurrente, divertido, de despreocupado aliño indumentario y directo en sus conclusiones... No te da la sensación de estar hablando con un triunfador. De vuelta a casa me sumo a la opinión general, ¡buena gente! y un apasionado de los toros. Nacido en Alcobendas y recriado en San Sebastián de los Reyes desde niño, ganadero de éxito en el mismísimo Madrid, que es donde más caro se ha puesto siempre el triunfo, y uno de los industriales panaderos de más relevancia en el sector. Pan y toro en este caso cobran virtud y son su vida. “Esto del toro es lo que más me gusta, pero cuando lidio en las plazas importantes lo paso fatal. Ni como las vísperas”. Y para sobrellevar esos tragos asegura que tiene el apoyo de sus hijos, Arancha, Rosario y Agustín, que los días clave aparecen a su vera.

“A la gente le gusta ver pasar calamidades al torero y que le corte las orejas… Y sí, hay muchos que son capaces de eso. Otra cosa es que tengan necesidad de hacerlo. Si no tienen necesidad… pues a lo mejor no lo hacen, pero poder, pueden”

-¿Qué les pides a tus toros?

-Que me gusten a mí y luego que gusten a los otros.

Nos ha recibido en Montealto una mañana primaveral en pleno otoño serrano. La Cabrera, el Pico de la Miel, el de San Pedro… cobijan las hondonadas a modo de fortalezas amuralladas a la vez que advierten de donde estamos, la Sierra Norte de Madrid, algunos la conocen como la Sierra Pobre. Nos hemos adelantado y mientras esperamos al ganadero damos una vuelta a las instalaciones. Hay austeridad, priva lo funcional, no hay excesiva construcción porque el paraje está protegido y hay que respetarlo, pero no falta de nada. Los cercados más próximos a la casa están guardados, quiere decir que tienen el pasto reservado, para echar los becerros en cuanto los hierren. Este año la paridera ha sido de lo más igualada, ochenta y cuatro machos y ochenta y cuatro hembras declaradas, paridad total.

Lo primero ha sido ver la camada de 2019. Preciosa. Para presumir. Se adivina una corrida para Madrid. Me confiesa el ganadero que la han visto. Y que les ha gustado… A nosotros también. Es seria y bonita. Lo de buena lo suponemos y lo deseamos, pero ese es el misterio y la desazón que siempre diferenciará a los ganaderos de bravo de los otros, que nunca uno puede estar seguro, justo lo que quita el sueño y lo que engancha a la vez. Los toros están gordos y lo mismo cabe decir de los utreros, de los erales y de los becerros que esperan con las tolvas llenas para ser herrados. El sol de la sierra les arranca brillos tornasolados de los lomos bien cubiertos cuando escapan briosos de la cámara de Juan.

-Los toros son como el pan. Hay que hacerlo bien desde el principio. Y que te guste hacerlo. Los ingredientes, la temperatura, la dedicación… todo es importante.

-Y hay que estar encima.

-Claro, hay que amasarlo con cariño, directamente, y hay que conocerlo, hay que saber de qué color es la harina, como digo yo. Yo vengo todos los días al campo. Es necesario estar al tanto de todo y me gusta verlos. A los toros les ayudamos desde el principio. La zona, las características de estas fincas, lo exigen.

“Los toros son como el pan. Hay que hacerlo bien desde el principio. Y que te guste hacerlo. Los ingredientes, la temperatura, la dedicación… todo es importante. Hay que amasarlo con cariño, directamente, y hay que conocerlo, hay que saber de qué color es la harina, como digo yo”

Montealto está en el camino de Cabanillas de la Sierra a Bustarviejo. Junto a El Rincón, Navalmadero y Las Dehesillas de Navalafuente, todas en un pañuelo, reúnen más de cuatrocientas hectáreas que forman los pagos donde Agustín cría sus toros. Fincas, unas compradas en los inicios de la ganadería y otras, como los cercados donde los toros de saca echan cuajo, añadidas más tarde a precio de oro porque las consideraba necesarias y convenientes para que a la ganadería, su pasión, no le faltara de nada. Se siente la secular tradición ganadera de la zona por todos los rincones. Cercados de piedra, instalaciones funcionales, sin más lujos que las necesidades de los ganados en un territorio que se adivina con duros inviernos. Basta con echarle un vistazo a la mole solemne del pico de San Pedro donde Agustín me asegura que nieva antes que otro lugar de la comarca, para entenderlo. Son fincas diferentes pero complementarias, diría que tienen lo justo para cada necesidad, todas cuentan con buen techo y resguardos para los ganados. Encinas, robles y fresnos las dotan del refugio y abrigos necesarios para cuando el biruji serrano aprieta de firme. De enero a marzo, sobre todo, el tiempo aquí es durísimo.

EL PERSONAJE

Agustín fue en su juventud la antítesis del señoritismo -y lo sigue siendo-, uno de esos tipos de la España dura que se hicieron a sí mismos sin remilgos, arriesgando y trabajando sin horas. Curró en el negocio familiar, un horno, en los tiempos en que la harina no solo estaba intervenida por el estado, sino que escaseaba y había que buscarla donde hubiese aunque fuese a la otra parte de una linde que marcaban las leyes de la época. A eso le llamaban estraperlo y tenía su riesgo. “Mi madre, mis hermanos y yo, también mi padre, salíamos de noche a recogerla a los lugares estratégicos donde nos la dejaban lejos de la vista de la Guardia Civil”.

-Aquello son tiempos felizmente pasados, ahora lidias en Madrid y llevas autos de lujo. Ahora eres rico -intento azuzarle-.

-No soy rico. Trabajo trescientos sesenta y cinco días al año, no vivo mal, doy trabajo a bastantes familias y saco lo necesario para permitirme el lujo de mantener esta ganadería. Simplemente eso.

-Es bonito. Tendrás tu secreto.

-No hay más secreto que ser un hombre inquieto al que desde siempre le daba lo mismo ir a comprar bellotas por los pueblos cercanos que repartir pan en un Citroën viejo que le compró mi padre a un taxista. Recuerdo perfectamente ese auto, no tenía limpiaparabrisas y era de los que arrancaba a manivela. Compraba y vendía todo lo que pensaba que me iba a dar rendimiento.

-Todo ello a la vez de tu oficio de hornero.

-Claro, claro. Tenía el horno y más tarde monté una constructora. Ya ves, una empresa para la noche y otra para el día, y a las dos había que atenderlas.

-Y ahora el negocio del bravo.

-¡Negocio!... No quiero ni que me presenten las cuentas de la ganadería. No quiero saberlo. Me da igual.

-Pero te las presentan.

-Me las presentan porque me las tienen que presentar, pero no las miro, no quiero mirarlas. Es el único momento que me duele en la ganadería.

“El toro tiene mucho crítico. Todos saben, incluso los que no saben. No me gusta eso… pero es así y estoy en el toro porque quiero, porque me apasiona. La prueba es que me acuesto pensando en el toro, el toro antes que los negocios”

-Los ganaderos fuisteis los primeros paganos de la crisis.

-Seguro, siempre pasa. No solo eso, los ganaderos somos los tontos del circo. Llegas a una plaza y no sabes dónde ponerte. Te metes en un burladero y lo mismo te echan los areneros que los mulilleros. Oiga, póngase en otro sitio, te dicen cuando te identificas. Tendría que haber un burladero para nosotros. Es un detalle menor pero te dice la consideración que nos tienen. En una plaza de primera me dieron un pase de callejón porque el otro que tenían se lo habían dado al otro ganadero que lidiaba un toro. Para los ganaderos no había más. Eso por no hablar de los reconocimientos. O por no hablar de los juicios críticos, los oyes y la culpa siempre la tiene el toro. Hay mucha desconsideración.

-Hay mucho crítico.

-Demasiados. El mundillo del toro tiene mucho crítico. Todos saben, incluso los que no saben.

-Te disgusta.

-Yo estoy encantado con el mundo del toro. La prueba es que me acuesto pensando en el toro, el toro antes que los negocios, pero tú me preguntas y yo contesto. Esto es así y estoy en ello porque quiero, porque me apasiona.

-En muchas ocasiones oyes a los ganaderos y también te sorprenden. Dicen que les gusta lo que no puedes creer que les gusta. A todos sus toros les encuentran virtudes.

-A mí no me gusta engañarme ni engañar. Soy muy exigente conmigo mismo, soy sincero. A veces en exceso. Y es cierto, en ocasiones oyes a compañeros enjuiciar sus corridas y les gustan todos y eso no puede ser.

-Cambiamos de tercio. No te veo anunciado en San Sebastián de los Reyes últimamente.

-Eso me lo preguntan muchos.

-¿Y por qué?

-Será por ser de San Sebastián de los Reyes, precisamente. No veo otro motivo.

-¿Cuestiones de vecindad?

-Eso.

EL VUELO COMO TORERO

Agustín Montes rezaban los carteles de la zona allá por los años cincuenta. Fue torero de vuelo breve pero el suficiente para que el amor al toro y el reconocimiento a los toreros se le quedasen grabados a fuego. Sus obligaciones con la economía familiar las combinaba con su pasión por los toros y con la ilusión añadida de encontrar otra vía de escape social. “Mientras trabajaba en el horno estaba deseando que llegase un tentadero para comerme la vaca, pero luego era la vaca la que me comía a mí”, dice bromeando. Nada que le impidiese triunfar en los pueblos de la comarca, basta con ver las fotos que cuelgan de los salones de Montealto. Orejas, rabos, salidas a hombros, rostros felices, pana y talanqueras, siempre rodeado de amigos esperanzados y orgullosos que lo llevaban en volandas. Era el toreo en estado puro, lejos de los intereses de los despachos. Pese a aquellas alegrías entendió pronto que aquel no era camino para él.

-Yo no estaba sobrado de valor y además tenía que trabajar en la panadería familiar. Las noches de cada día y el reparto mañanero eran una cita inevitable así que…

Así que lo tuvo que dejar. Y por si aquello no eran argumentos suficientes para desistir, me cuenta que días antes de torear en Talamanca del Jarama, tenía diecisiete años, le pilló un camión y le partió la tibia y el peroné en unos tiempos en los que las recuperaciones eran lentas y se contaban por muchos meses… “Dos años estuve parado”, y aún torearía varias novilladas en San Sebastián de los Reyes, las últimas.

-Entendí pronto que no reunía las condiciones necesarias para triunfar y que mejor me dedicaba a lo mío.

LAS VENTAS, SU PLAZA

-No actuaste en Madrid como torero, el sueño de todos, pero sí como ganadero. El día que debutaste en Las Ventas te sentirías poco menos que el rey del mambo…

-Era un sentimiento difícil. De felicidad, claro, pero también de preocupación. Date cuenta que era el anhelo de mi vida. Así que sentía una responsabilidad enorme. Quería tanto no fracasar como que mis novillos les sirvieran a los chicos para triunfar, para conseguir lo que yo no había conseguido.

Recuerda que la tarde no fue tan triunfal como hubiese deseado, pero los novillos sacaron casta y movilidad, lo que gusta en Madrid, lo suficiente para que le repitiesen. A uno de los chicos no le acompañó precisamente la fortuna y se retiró del toreo aquel día y todavía se siente incómodo recordándolo: “Es que mandé una novillada muy fuerte, lo siento, pero es lo que piden allí”.

La experiencia ganadera de Agustín tiene sus precedentes muy al margen de lo que cría ahora. Primero tuvo vacas avileñas. Todo seguido compró becerras bravas para uso y disfrute propio y de los amigos. Un buen día les echó un toro bravo a unas y a otras y las puso a embestir de tal manera que le daba para torear en casa y además para vender por los pueblos de la comarca. No le disgustó la experiencia y a continuación llegaron vacas de Santa Coloma y Graciliano. Me cuenta que en ese intervalo también tuvo una punta de Eugenio Marín y algo de Núñez, eran los tiempos en los que lidiaba con un hierro de lo que se conocía como de segunda. “Lidiábamos a nombre de Agustín y José Luis Montes, que es mi hermano”, con el que comparte su afición y aquella experiencia que satisfacía su pasión por el toreo crecía sin parar aunque sin mucho horizonte…

-Hasta que Victoriano (Del Río) me dijo que lo mismo comían las buenas que las malas y lo entendí. Tenía razón y me apliqué a ello.

Allí mismo empezó su singladura de ganadero de ferias. Me cuenta que cogió el libro de la Unión y seleccionó de primeras tres casas donde comprar. Juan Pedro, Jandilla y Algarra, al que había conocido en San Sebastián de los Reyes una feria en la que lidió el ganadero sevillano y fue a uno de los que primero acudió. Don Luis quiso saber dónde pisaba, quiénes eran y aprovechó un tentadero al que fue Ortega Cano para que le informase.

-José le dio referencias nuestras, le dijo quiénes éramos y nos llamó. Acudimos mi padre y yo a Sevilla, nos trató fenomenal. Guardo un gran recuerdo de él. Le compramos primero treinta vacas y un semental. Dos años después me llamó para decirme que iba a quitar treinta vacas más, vacas tentadas que habían salido muy buenas y que me interesaban. Llegamos a un acuerdo por teléfono y me las mandó.

“Lo de Algarra lo tiene todo, clase, durabilidad y motor. Al principio, por culpa de un semental, tendían a pararse pero eso está arreglado, ahora arrean como las primeras. Lo de El Ventorrillo lo mismo, pero si acaso tiene más motor”

Y en ese intervalo, entre las dos compras de Algarra, por mediación –recuerda- de un médico que atendía a su hermano en el centro de parapléjicos de Toledo, coincidió con Paco Medina. Conociendo a ambos es fácil entender que hicieron trato.

-Quedamos a comer en un restaurante de Toledo. Al llegar tomamos un aperitivo de pie y en lo que fuimos de la barra a la mesa ya me había vendido sesenta vacas. Yo tenía ganas de comprarle y él de vender.

No le engañaron ni tuvo necesidad de elegir. Se llevó en un caso y otro lo que le dijeron que debía llevarse, de todas las familias de cada ganadería. “Luego uno y otro me prestaron los sementales que fui necesitando”. Fueron tratos de excelente tono y de pasta larga, en unos casos más que en otros. En la primera compra en Algarra asegura que no le discutió nada y en la segunda le pidió que le rebajase algo: “Cuando se lo propuse me contestó ¡Oiga, usted no es nadie para discutirme el precio!, pero me rebajó cincuenta mil pesetas de cada vaca”. En el trato con Medina no hubo discusión alguna, “valen tanto”, le dijo Paco, y Agustín le contestó: “Está hecho”.

-En lo que no dudaste fue en comprar Domecq.

-También estuve a punto de comprar lo del Cura de Valverde, pero se me adelantaron. Lo compró un francés que curiosamente es panadero como yo. Un día coincidimos y me dijo colega…

-Sí, pero compraste Domecq.

-Porque las mejores faenas que he visto en mi vida las vi con el encaste Domecq. Y eso a mí, que soy muy admirador de las grandes figuras, lógicamente me llevó a comprar Domecq. Además, yo venía de tener Santacoloma y Graciliano, que le compré a Sánchez Ortega y quería cambiar. Me dieron éxitos, me gustaba aquello, pero las grandes faenas que recuerdo fueron con Domecq.

LOS REFERENTES

-¿Quiénes han sido tus referentes como ganaderos?

-Don Álvaro Domecq, Carlos Núñez -el de Los Derramaderos- y Borja Domecq, en realidad estuve a punto de comprarle cuando estuvo al frente de Juan Pedro, pero alguien que estaba presente en el trato quiso ponerle precio a las vacas y aquello no me gustó y no lo hicimos.

-¿A ser ganadero se aprende o se nace con esa intuición?

-Se aprende, se aprende aunque nunca se acaba de aprender todo.

“La ganadería la hice con vacas y sementales de Algarra y El Ventorillo. Compré Domecq porque las mejores faenas que he visto en mi vida las vi con ese encaste”

-Pues algunos no acaban de aprender nunca.

-Serán muy borricos. El que no aprende por algo será.

-Otros tienen instinto, tufo de ganadero al punto que no necesitan de ordenadores ni de otros avances para ser ganaderos en el mejor de los sentidos.

-Yo lo llevo a la vieja usanza, libreta y lápiz en los tentaderos. No me va mal. Los ordenadores los dejo para la burocracia, que no es poca.

-He visto el corredero, eso no es propio de la vieja usanza.

-Pero es conveniente. A mí no me gusta, tampoco me gustan las fundas y las pongo porque hoy día las dos cuestiones son necesarias.

En los tentaderos de la casa no hay costumbres especiales. “Con que vayan al caballo entregadas tres o cuatro veces están cumplidas. No creo que haga falta más. Con eso se ven. Antes les pegaba mucho más pero se me mataban, muchas se partían los pitones para nada, así que ahora van tres, cuatro veces, pero deben ir entregadas, fijas… y si veo que no me gustan, que no las voy a aprobar, dejo que el matador decida a su gusto”.

LAS JOYAS DE LA CORONA

Nos hemos acercado a ver los sementales, que a estas alturas del año los tiene parados. Las costumbres de la casa es echárselos a las vacas a partir de enero para que la paridera sea entre septiembre y diciembre y los fríos de enero y febrero, que por estas latitudes son muy recios, cojan a los becerros con más fuerzas. Ahora me cuenta que quiere acortar el tiempo de cubrición para que las camadas estén más igualadas, detalle que en ganaderías cortas como esta es fundamental para enlotar e igualar las corridas.

Agustín me va señalando desde el coche. “Ese 65 lo indultamos en Villa del Prado. Lo toreó Luis David Adame. Se llama Certero. El que está a su lado, el 70, lo indultaron en Guadarrama. Lo toreó Varea. Corcelero se llama. Viene de lo de El Ventorrillo. El 9 es la figura. Le tengo mucha fe. También es ventorillo puro. Se llama Durmiente, hijo del Chocolate, también es ventorillo puro. A ese lo indultó Miguel Ángel Silva en Villa del Prado…”. Y de esa manera me va marcando todo el lote de sementales que han acogido nuestra presencia con solemne indiferencia. Ni mosquearse. Lo interpreto como señal de nobleza. Aún tiene tiempo Agustín para hacernos reparar en Basurilla, un toro negro precioso, con hechuras para dar toros de Madrid. “Que comen lo mismo que los otros”, comento en voz alta y asiente presto Agustín: “¡Eso, comen lo mismo!”.

Vistas las joyas de la corona es fácil adivinar que es partidario de los indultos en la plaza y cuando se lo hago notar asiente y me hace saber una queja: “Los presidentes no nos reconocen, no entienden nuestros esfuerzos, quizás falte sensibilidad en ese sentido, pero los indultos para muchos de nosotros son muy importantes”. Y tiene su explicación. “Yo no me fío de los tentaderos con la ramita, hay que ir más allá y en ganaderías como esta que no son largas no se pueden quemar todos los años diez o quince erales, por eso son importantes los indultos. No hay mejor prueba que una lidia completa en la plaza”.

-Si te pregunto por el primer gran triunfo de la casa.

-Frutero, el de las dos orejas de Morenito en Madrid. Un gran toro aunque con el tiempo, viéndolo despacio, ahora creo que le faltó humillar un poco más pero tuvo mucha movilidad, muchos cojones…

Me cuenta que no lleva por separado lo que viene de Algarra y lo que viene de El Ventorrillo, que ahora mismo en Montealto es todo uno, aunque… y en ese aunque entra un lote de vacas puras de Algarra a las que cada año les echa sementales que vienen de lo de El Ventorrillo o ya cruzados, pero siempre deja unas cuantas a las que les echa un toro de Algarra puro, lo que le permite mantener esa línea tal y como llegó a Montealto. “Lo tengo todo muy identificado”, asegura a pesar de que ya no quedan vacas con el hierro de origen, todas ya son nacidas, herradas y aprobadas en la casa.

-Y en esa combinación qué pone cada parte.

-Las buenas son buenas sean de la parte que sean.

-Insisto.

-Lo de Algarra lo tiene todo. Clase, durabilidad y motor. Al principio, por culpa de un semental, tendían a pararse pero eso está arreglado, ahora arrean como las primeras.

-¿Y lo de El Ventorrillo?

-Lo mismo, pero si acaso tienen más motor.

“Los indultos para muchos de nosotros son muy importantes. Yo no me fío de los tentaderos con la ramita, hay que ir más allá y en ganaderías que no son largas no se pueden quemar todos los años diez o quince erales, por eso son importantes los indultos. No hay mejor prueba que una lidia completa”

Seguidamente hemos ido a ver los lotes de las vacas. Doscientos veinte vientres hay en este momento. Son un espectáculo entre los robles de Navalmadero y Dehesillas de Navalafuente, al pie de Miraflores. Se les ve bien mantenidas, detalle que delata a los buenos ganaderos. Donde no llega el campo llega a buen seguro el bolsillo del amo. Eso se nota fácil. A la hora de ponerle nombre a las becerras aprobadas me dice que les pone directamente el de las madres, de ahí que se repitan el mismo con el añadido de ordinales: Bordadora I, Bordadora II… y así hasta que haga falta, por cierto, las Bordadoras son de la línea Algarra; y lo mismo cabría decir de las Actoras, que vienen de El Ventorrillo… “Hay dos Alcamita -le viene a la memoria-, esas son núñez, de lo que tuve antes. Cuando lo vendí me quedé con esa vaca y me da sensacional. Ahora tengo dos”. Y se acuerda de las Bomboneras, las Venturosas, las Betuneras, las Churreras, que son de El Ventorillo, “el otro día eché un novillo de esa familia en Madrid extraordinario”. Las hay de todos los colores, lo que corresponde al encaste, de las jaboneras a las mulatas pasando por las burracas y toda la gama de coloradas y castañas entre las que sobresale desde que entramos en el cercado una que podríamos decir que es rubia como la cerveza, tal y como cantaba la Piquer.

Mientras Juan, en realidad Juan Cristóbal García, el hombre que diseña todas las semanas Aplausos y la pone guapa como ninguna otra revista asume esta vez las funciones de Arjona como un discípulo adelantado, el ganadero confiesa.

-Este año quiero dar un salto. Ir a plazas más importantes, a lo mejor pierdo economía pero quiero y necesito verme en sitios de esos.

-De esos que te quitan las ganas de comer cuando te ves anunciado.

-De esos.

-Pero si hay que perder economía y apetito, a lo mejor sería mejor quedarse como estás.

-De momento se puede perder pero la intención es ganar. Ganar economía, ganar satisfacciones…

-Hubo un momento en que te pusiste arriba. Ya sabes lo que es triunfar en el primer circuito.

-Sí, es verdad. Lidié una gran corrida en Sevilla, por preferia, y otra en Madrid que resultó apoteósica, López Simón y Morenito de Aranda le cortaron cuatro orejas pero las empresas no respondieron a mi triunfo. Eso me dolió. Luego eché otra corrida en San Isidro en que salió un toro sensacional a Juan Bautista… Le cortó la oreja a pesar de la mala suerte de salir en primer lugar. A Alberto Aguilar también le eché un par de buenos toros, lidié otros importantes en Zaragoza…

-No podemos obviar la corrida del mano a mano de Curro Díaz y Garrido el Domingo de Resurrección.

-Esa me dejó muy mal sabor. Fue una decepción, salieron toros que no fueron buenos, que no me gustaron y la corrida que me quedaba en el campo la vendí para las calles. Todo eso, con lo que sufro, me pesó mucho. Date cuenta que diez días antes de San Isidro no como. Lo paso fatal. Así que decidí tomarme un descanso y no ir a Madrid en un tiempo, pero es tal la fiebre que tienes que ya ando como loco por volver a San Isidro.

-¿Ya está decidido?

-La corrida está ahí. Ya la han visto. Esperemos…

-Esperamos.

Fotos: ARANDA