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ENCUENTROS CON JOSÉ LUIS BENLLOCH

Ortega Cano: torero antes que nada
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(Foto: Javier Arroyo)

Ortega Cano: torero antes que nada

“Yo creo que los toreros apasionados, los de arte, los de la profundidad… es difícil que lleguen al retiro total. Siempre torearán por la calle, cogerán un capote, soñarán… siempre tienen la tentación. Otros lo dejan y no quieren ni oír hablar del toreo. Yo soy de los primeros”, asegura el torero

miércoles 06 de febrero de 2019, 12:54h

Quedamos en el Wellington. Como en los viejos tiempos. Como cuando José se anunciaba en Las Ventas tres, cuatro tardes, las que hiciesen falta cada año. Y más que le hubiesen contratado. Como aquellos días del hall rebosante de aficionados e Isidros esperando a que saliesen los toreros o que comenzasen las tertulias, como los días del rosa palo y oro esperando en la silla, con los visillos de las ventanas echados para no ver si soplaba el viento, porque soplase o no soplase, que siempre soplaba, iba a dar igual, la determinación estaba tomada, este Ortega se iba a arrimar como un león, lo que correspondía a un tipo tan ambicioso y tan constante como él. Es el hotel que más suerte le trajo, me dijo cuando nos citamos. Porque no crean que no es importante la suerte y el buen/mal bajío que traen los hoteles a cada cual. Mucho. Así que si no te inspira, si se te atraviesa, lo mejor es cambiar. El mismo José dice que cambió mucho pero como el Wellington ninguno.

En la actualidad, apartado de los ruedos y ya al parecer curado de cualquier mal pensamiento -“algún festivalito sí me gustaría aunque los médicos no me lo recomiendan”- el maestro sigue sintiéndose torero hasta el punto de no perder su punto. Para ello entrena a diario en la finca que tiene en las proximidades de San Sebastián de los Reyes, se le nota en las hechuras. Lo hace en un salón, como si fuese a torear al día siguiente. Allí acude algún matador, me cuenta, y sobre todo algunos chicos que sienten la atracción del toro y gustan, lógico, de escuchar los consejos del maestro y ver las formas y las maneras de cómo uno se puede acercar a los secretos del toreo bueno.

-Pongo música, a Camarón, a Morente y a Rocío, claro, y hago volar la imaginación. La música y el toro viven muy cerca en los sentimientos y diría que se retroalimentan.

Sesenta y nueve corridas, además de ocho festivales, alcanzó a torear en Madrid, me puntualiza de pronto en los albores de esta charla, que por lo demás no pretende ser una entrevista, simplemente aspira a ser una conversación en la que el maestro vaya desgranando vivencias y recuerdos.


“Era llegar al hotel en los tiempos de torero en activo”…, continúa añorando en voz alta antes de dejar en suspenso las palabras, y entiendo que era llegar al hotel y pasar definitivamente de ser un ciudadano para convertirse en un torero, que son los dos estados, como decía Paco Honrubia, en que se dividen los humanos socialmente. Los de primera y los otros, es decir, los toreros y los ciudadanos.

-Aquí me sentía torero -retoma la idea- aunque en realidad nunca dejaba de sentirme torero, solo que en esos trances me sentía más todavía, más en carne viva. Torero grande aunque estuviese viviendo los momentos más duros.

-Los momentos duros supongo que se olvidan.

-No necesariamente, pero a mí no me afectaban. En cuanto veía el vestido en la silla me venía arriba. Me ponía en situación.

Lo primero en esos trances, recuerda, era instalar la capilla, luego comprobar que todo estuviese en su sitio porque, como él mismo reconoce, era hombre de mucho orden y mucha fe.

A la hora de hablar de la suerte de los hoteles, de la buena y de la otra, se acuerda del Foxa, que no le traía buenos recuerdos por aquella tarde en la que llegó a pensar en dejar el toro después de anunciarse con una de Pablo Romero y acabar matando tres toros de Murteira sin ninguna fortuna y mucho sufrimiento.

“Los toreros deberíamos estar acompañados de gente profesional. Hay que aprovechar la experiencia de los otros. Yo llevaría a mi lado a un torero aunque no fuese mi apoderado, lo llevaría solo para que me hablase de toros, de sus experiencias”

-Después de la corrida no vino a verme ni el apoderado. Así estaban las cosas… Tan así fue que decidí dejarlo.

Le salvó su madre con un comentario de una rotundidad definitiva que José mantiene muy fresco en la memoria.

-Cuando le dije que me dejaba el toro me contestó que le daba una alegría muy grande pero que era una pena que se perdiese un torero tan bueno. Le dije que lo repitiese y se mantuvo en su postura, repitió que era una alegría, que no iba a pasar más miedos por mí pero que a la vez sentía una pena grande. Aquello me hizo reaccionar. Si ella piensa así, me dije, sigo; y aquí estoy.

José recuerda a Doña Juana, como le llamaban a su madre, como una mujer muy echada para adelante y de mucho temperamento. Era de las que pisaba fuerte literalmente, dice.

-Cuando se acercaba se oían sus pasos de una manera especial, contundente, y todos decían: “Esa es Juana”.

Y José reproduce con los nudillos en el velador donde nos hemos sentado a tomar café el ritmo de las pisadas de la matriarca de los Ortega, que tanto influyó en su vida. “Doña Juana era mucha doña Juana”.

Después de aquella tarde tan cruda siguió vistiéndose en el Foxa, pero solo cuando toreaba en los pueblos limítrofes, sobre todo lo tuvo como centro de reunión. Aquella torería andante que marcó una época en Madrid, con Antoñete, Curro Vázquez y el propio Ortega, además de las cuadrillas, recuerdo a Curro de la Riva, al Jaro, Corbelle, a Martín Recio, a Periquito y a toda una cohorte de leales con Pedrucho de Canarias al frente, le tenían como lugar de encuentro y le ponían acento madrileño a una forma de entender el toreo y la diversión, muy, digamos, castiza.

REIVINDICACIÓN DEL TORERO

Hablar de toros con José era una apetencia personal, de aficionado y diría que de amigo. Tengo la sensación de que Ortega en la actualidad para la gente joven es más un producto de los mass media que una gran figura del toreo. Y la conclusión me suena a injusticia. Más aún, me cabrea. En realidad Ortega son las dos cosas, un personaje de los medios que enerva a los propios medios con un magnetismo desbocado que convierte en cuché todo lo que hace y un gran torero. “Yo, esté donde esté -entiendo que se refería a la plaza y al cuché- tengo que dejarme sentir”, me dijo un día y a fe que cumplió siempre. El mestizaje de los dos papeles no digo que sea pernicioso ni siquiera malo, no, quite usted, quizás al toreo le falte precisamente eso, más mass media, pero cada cosa en su sitio y lo primero es lo primero y en este caso lo primero es el torero por mucho que el personaje haya amenazado con devorarle en muchas ocasiones.

“No huyo. Yo soy una persona que tengo que estar y si estoy de protagonista mejor que de segundón, así que no huyo. Tampoco de los medios. No sé por qué, pero es así. Sigo el mismo ritmo que cuando vivía Rocío”

Entre uno y otro, entre el personaje y el torero, para marcar diferencias yo me quedo con el Ortega de los quites en Las Ventas con Robles frente a un torazo del Raboso -fue tanta la tensión del momento, los cojones y la torería que le echaron, que los que estábamos en la plaza pensábamos que aquello podía acabar en un puñetazo, pero acabó en un abrazo para hacerlo todo más emotivo y más ejemplar-, me quedo con el Ortega del toro de Benavides, el mismo Ortega que indultó el toro Belador de Victorino, Belador con B aunque nunca supe por qué pero Victorino dijo que era con B y así ha quedado en la historia, con Belador -sucedió en la Corrida de la Prensa de 1982 la tarde en la que dicen que se quedó dormida doña María, la reina madre en la hora larga que duraron las maniobras para llevarse al bravo, bravísimo Belador, que seguía pidiendo guerra-; con el Ortega de las cornadas, la de Zaragoza, que le abrió en canal el pecho, la de Cartagena de Indias, que movilizó al mundo entero para salvarle la vida, aquella otra de Granada en el 85, el año de su lanzamiento, que desangró su agenda de contratos pero no evitó su consagración. Eran los tiempos en que nada parecía frenarle. Más de treinta costurones le serpentean el cuerpo desde que un becerro le bautizase una noche de la Feria de Julio en Valencia, pero nunca desistió aunque tuviese que esperar lo suyo. Busco al Ortega celoso de su papel de torero, el mismo que levantó el dedo advirtiendo a los más jóvenes entonces, Joselito y Ponce -¡eh, que yo estoy aquí!-, al pasional, al torero que reeditó uno de los romances más sonados y más queridos de la historia con la cantante más admirada del momento, con la gran Rocío; el tipo aquel que llegando a la plaza se revestía de orgullo, el mismo que dejó de lado la técnica y se puso a buscar desesperadamente la profundidad del toreo al precio que fuese… y aunque tarde -“lo reconozco, tardaba en ver los toros”, me decía José en las entrevistas de aquellos tiempos-, los acababa viendo y de qué manera. Al Ortega de la despedida de Jaén, con el toro sobrero de Jandilla que le regaló Paco Dorado, el empresario de aquel San Lucas, porque la tarde no había acabado como todos queríamos y merecía José, y ya cuando la luz crepuscular de otoño se posaba sobre el coso de la Alameda, otro otoño triunfal en la carrera de Ortega, acabó cuajándole un faenón. Aún recuerdo cómo su amigo del alma, el maestro Manzanares, de artista a artista, se esperó para sacarle a hombros en una procesión que los aficionados de entonces nunca habíamos visto y nunca olvidaremos. Por eso y por más, el torero de Cartagena siempre estará por encima del personaje.

Ha comparecido perfectamente vestido. Actual pero elegante. La chaqueta de príncipe de Gales, el talle marcado, el pañuelo de seda asomando lo justo por el bolsillo superior, un fular a juego… Las figuras tienen que vestir el cargo y José tiene ese punto de presunción obligado. Está enjuto, ya he escrito más arriba que se cuida por mantener el punto de torero, luce lentes oscuros por una leve afección, un enfriamiento me dice, y ha disimulado abiertamente las canas que le trajeron los miedos y los disgustos.


Miedos que se concentraban en esos mismos hoteles en las previas de las corridas. Me asegura que un torero no se desprende nunca de ellos, que unas veces vienen por los deseos de dar el salto que te sitúe en el lugar de figura al que aspiras y otras porque ya estás en figura y no quieres dejar de serlo.

-Para esos tragos me gustaban mis momentos de soledad pero también me gustaba que determinadas personas viniesen a estar un ratito conmigo. La cuadrilla, los míos, algunos personajes importantes que cuando aparecían me estimulaban mucho.

Y se acuerda de un día en que mediada la mañana y sin previo aviso alguien repiqueteó con los nudillos en la puerta de la habitación, en este caso en el hotel Rey Don Jaime de Valencia, y cuando abrió después de dudar si hacerlo o no, se encontró con Antonio Ordóñez nada menos.

-¡Qué sorpresa, maestro!, le dije muy admirado de que estuviese allí. Me dijo que venía a echar un rato conmigo porque suponía que estaba solo. Charlamos de toros y toreros, claro. Me comentó que su hermano Alfonso le hablaba mucho de mí sabiendo que él era más partidario de Josemari. “Él dice que le gustas tú más que Manzanares y que yo era al revés, que yo soy más de Manzanares”, y le contesté que tenía buen gusto: ¡Usted tiene razón!”. Le dije que Josemari era mejor que yo, que yo solo era un discípulo. Fue todo muy agradable. Nunca se me olvidó aquella visita. Por la tarde le brindé un toro.

-Para ver si le conquistabas, claro.

-Bueno... Le corté dos orejas a ese toro, era de Torrestrella, y me dijo que le había gustado mucho.

UNA INCÓGNITA EN MÉXICO

-¿Cómo llevas el retiro?

-Bien, pero en realidad no hay retiro. Dedico tiempo a torear de salón, me distrae mucho y me mantiene físicamente. Ando mucho, cojo la bici… es como si estuviese en activo.

-Pero el teléfono no suena.

-No. Pero no es por mi culpa ni por ganas… La última vez que toreé fue en el festival de Aguascalientes. Disfruté mucho. En esa plaza, en su momento, me había reencontrado después de un debut en el que no pasó nada y comencé a entrar en aquel país.

El reconocimiento de aquella afición tan caliente con los toreros le ha dado vida cada vez que ha vuelto. La gente le recordaba en las tertulias, me dice, al toro Seda Gris, de Fernando de la Mora, al que le cortó dos orejas en un mano a mano con Jorge Gutiérrez. Aquel día se volcaron los cronistas con José y hubo quien aseguró que José toreó a Seda Gris con el corazón en los engaños, recogiendo las propias manifestaciones del diestro. Con pureza y finura en sus procedimientos, añadió el cronista para referirse al correr la mano desmayada y erguido el cuerpo que hacía girar con la cintura.

-Que se acordasen desde entonces me enorgulleció mucho pero aquello no acabó de tener el recorrido que merecía, volví a triunfar, me pegaron una cornada fuerte… pero de pronto se apagó todo. No quiero señalar a nadie pero siempre tuve la sensación de que alguien interfirió para que aquellos triunfos no fuesen a más. Es extraño porque cuando alguien entra en México como entré yo es para siempre, pero…

-¿Por qué vuelven los toreros?

-Hay de todo. Los hay que lo dejan y lo dejan para siempre y otros al contrario. Yo creo que los toreros apasionados, los de arte, los de la profundidad… es difícil que lleguen al retiro total. Siempre toreará por la calle, cogerá un capote, soñará… siempre tienen la tentación. Otros lo dejan y no quieren ni oír hablar del toreo. Yo soy de los primeros.

“Personalmente Rocío fue todo para mí. Y fue una gran aficionada. Me decía: “A mí me gustan Ordóñez, Paula y Romero…” y yo le contestaba: ¡Y a mí! Ella fue una etapa muy bonita de mi vida. Yo seguí viviendo el toreo con ella, solo que cuando estás con una persona así eres objetivo permanente de la cámara”

-Tú te fuiste feliz.

-Y tan feliz. La prueba es que he reaparecido unas pocas veces.

-Me acuerdo de la tarde de Jaén.

-¡Estuve bien, eh!... Luego reaparecí pronto. Ese toro tenía muy buenas hechuras y lo tenían preparado por si no había suerte y al final Dorado dijo “adelante” y me lo regaló.

-Has ejercido de apoderado en varias ocasiones. No sé si decir sin suerte, José.

-En esto la suerte es difícil de dar con ella. A los toreros que hemos apoderado, acompañado, ayudado… digámoslo como quieras, les ha tocado torear corridas en su mayoría duras y complicadas y así aún es más difícil que puedan torear un toro a gusto como para dar el gran salto. Además…

-¿Sí?

-Yo creo que los toreros estamos equivocados en el tema del apoderamiento. Los toreros deberíamos estar acompañados de gente profesional como ocurre en el fútbol. Hay que aprovechar la experiencia de los otros. Los que dirigen a los equipos son los que han sido algo en el fútbol y pueden aconsejarles lo que les conviene. Yo llevaría a un torero conmigo aunque no fuese mi apoderado, lo llevaría solo para que me hablase de toros, de sus experiencias. Sobre todo cuando uno empieza, que necesita tantas y tantas aportaciones.

-Acierto si digo que no estás contento de tu experiencia como apoderado.

-¡Mmmmm! Pues no. Por mí no ha quedado nunca. He tocado toreros, no digo que figuras, pero sí con visos de serlo, y todos han tenido preferencia por un empresario. Así es.

-¿Los recuerdos de quienes fueron tus apoderados son buenos?

-Sí. Sí. Victoriano fue un gran apoderado. Los tres años que estuvimos juntos fueron muy bonitos. El tiempo que estuve con Manolo Chopera, también. Lo disfruté mucho y tuve ocasión de tratarle como empresario y como persona. Manolo Lozano, también, con él fueron momentos duros pero le guardo un gran recuerdo, con Simón Casas también me fue bien. Igual fue por mi culpa, pero lo cierto es que tuve muchos apoderados, me gustaba cambiar. Hay toreros que se mantienen fieles a una misma persona toda la vida, que es algo muy bonito, pero no ha sido mi caso. Lo bueno es que con todos los que he estado he continuado la amistad.

-¿Cuál fue el más taurino y el que más te pudo comprender?

-Yo diría que Victoriano. Chopera, también.

-Pero Chopera no era torero como dices.

-Pero lo conocía todo y además le gustaba torear.

-¿Y a ti te gustaba que te dijesen la verdad o preferías el halago?

-Siempre te gusta que te digan cosas bonitas pero es que a veces no tenían más remedio. A mí me gustaba que me echasen un piropo, a quién no.

Lo ha dicho y automáticamente ha reído su ocurrencia antes de añadir…

“Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida. Alguna vez me he podido equivocar y otras acerté, pero en todo momento he sido muy aficionado, diría que muy leal a mí mismo, a mi toreo, al sacrificio, me he cuidado, me he dado alguna fiesta también, pero me he cuidado”

-En serio. Claro que deben decirte la verdad y la aceptas más o menos dependiendo de quién te la diga. Si le reconoces autoridad a quien te lo dice, tanto los piropos como lo contrario lo valoras y lo tienes en cuenta, claro.

-¿Y te afectaban las tardes malas?

-Sí, pero volvía rápido. Recuerdo el día de los seis toros en Madrid. Me vestí en el Victoria y camino de la plaza cogimos un tráfico tremendo. No éramos capaces de llegar a tiempo. Fue un agobio que no te puedes imaginar. Nos desviamos por una calle chica y cogimos un camión atravesado… nada, que no llegábamos. Al final nos detuvimos en un taller de motos, me montaron en una, chocamos con un taxi… fue algo súper accidentado en una tarde de frío y viento. Debió de ser una tarde atemperada y tranquila, pero no pudo ser, toreé al primero bien, lo pinché, pero a partir de ahí no salieron las cosas y desistí. Me fui de la plaza muy mal, muy tocado. Aquella tarde debió de ser, por lo menos, de más peso, más acorde a mi categoría, y no lo fue. Al día siguiente toreaba en Zaragoza, llegué con el ánimo por los suelos. Lo bueno fue que al irme para la plaza me sentí otro, yo mismo me sorprendí de aquella reacción mental. Esa tarde le corté dos orejas a un toro de Manolo González. Lo toreé muy bien, recuerdo, fue como el resurgimiento del Ave Fénix.

-Ese papel de Ave Fénix te gustaba.

-Sí, me gustaba mucho, sí.

NO TAN ESCAPISTA

-Otro papel tuyo fue el de escapar. Escapaste de Cartagena en busca de futuro, escapaste desesperadamente, diría que con una paciencia y una capacidad heroica del anonimato que se te venía encima tras los primeros y difíciles años de alternativa, huiste, creo que sigues huyendo, de ciertos medios de comunicación… supongo que todo eso habrá moldeado tu carácter. Que tus éxitos en esa carrera serán fruto de ese carácter fuerte pero que al final toda esa pelea también habrá influido en ti.

-Yo soy un luchador nato. También un poco inquieto. La vida me ha propiciado ese tipo de cuestiones. Verás, mis padres funcionaban muy bien en Cartagena, tenían una tienda de ultramarinos en la que vendían de todo, pero llegó un momento en el que comenzaron a dejar fiado a la gente que lo necesitaba y comenzaron a deberles y deberles hasta la misma ruina y fue cuando nos vinimos a San Sebastián de los Reyes. Pudimos ir a Barcelona pero el destino nos trajo aquí. No fue una huida, fue una búsqueda. Entonces comenzó mi vida de un lado a otro. Luego, cuando conocí a Rocío, me fui a vivir a Andalucía y estuve veinte años en aquella tierra a la que tanto quiero. Y ahora me he venido de nuevo aquí. Son situaciones que me ha traído la vida.

-Y están los medios que te persiguen a todas partes. Esa debe de ser una huida constante.

-No, no. No huyo. Yo soy una persona que tengo que estar y si estoy de protagonista mejor que de segundón, así que no huyo. No sé por qué pero es así y no porque lo haya buscado. Ahora sigo el mismo ritmo de siempre, igual que cuando vivía Rocío. Siempre se dijo que Rocío me había llevado hasta ahí y no es exactamente así.

-¿Entonces?

-Si estás de protagonista y te dejas ver o generas noticias que interesen, pasa eso. No hay más responsable que uno mismo. La cosa es que continúo siendo noticia como en los mejores tiempos.

-Rocío fue un parteaguas en tu vida.

-Personalmente fue todo. Y fue una gran aficionada. Me decía: “A mí me gustan Ordóñez, Paula y Romero…”, y yo le contestaba: “¡Toma, y a mí! Yo soy forofo de ese toreo le decía. Ella fue una etapa muy bonita de mi vida. Yo seguí viviendo el toreo con ella, solo que cuando estás con una persona así eres objetivo de la cámara permanente.

“Palomo era anterior a mí pero toreamos bastante juntos. A mí me gustaba mucho verle enfadado en la plaza. Y no te olvides de Dámaso, ese era punto y aparte, ese templaba los toros como nadie, yo diría que los hipnotizaba”

-Pero hasta que os encontráis tú eres un Ortega Cano diferente desde la condición de personaje público, distinto al que surge después.

-Eso es verdad.

-Entiendo que para bien porque adquieres una dimensión mediática enorme que también es bueno para los toreros.

-Sí, sí. Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi vida. Alguna vez me he podido equivocar y otras acerté pero en todo momento yo he sido muy aficionado, diría que muy leal a mí mismo, a mi toreo, al sacrificio, me he cuidado, me he dado alguna fiesta también, pero me he cuidado.

-¿Te consideras festero?

-No como Josemari… pero sí coincidimos en muchas fiestas, también coincidimos en muchos momentos muy toreros, de hablar de toros, de paladear el toreo. Él era muy orteguista y yo muy manzanarista.

“Manzanares era muy orteguista y yo muy manzanarista. Le gustaba mucho gastarme bromas, pero eran bromas cariñosas. La última vez que lo vi fue en Jerez, en un cumpleaños de Fermín Bohórquez. Al día siguiente fuimos a mi finca, nos echamos unas becerritas para nosotros solos, se fue y ya no le vi más”

-Me consta que te quería mucho, que te tenía en una gran estima.

-Y yo a él. Le gustaba mucho gastarme bromas pero eran bromas cariñosas. La última vez que le vi fue un día muy bonito. Fue en Jerez en un cumpleaños de Fermín Bohórquez, comimos juntos, luego estuvimos en una zambomba, era por Navidad, hicimos una tertulia fantástica, sin beber nada de alcohol. Y al día siguiente fuimos a mi finca y nos echamos unas becerritas para nosotros solos. Fue un día maravilloso. Luego se fue y ya no le vi más.

SUS TOREROS

-Manzanares ha quedado claro que fue torero de referencia y coetáneo tuyo, pero, ¿quiénes más?... Ojeda, Robles, Capea, Espartaco, Rincón…

-Todos esos, también Palomo, que era anterior, pero toreamos bastante juntos. A mí me gustaba mucho verle enfadado en la plaza. Y no te olvides de Dámaso, ese era punto y aparte, ese templaba los toros como nadie, yo diría que los hipnotizaba. Había muchos muy buenos.

-Te considerarías mejor supongo, eso sucede por mucha cortesía que se aprecie en vuestras relaciones. Siempre se dijo que eso era un sentimiento inherente a los toreros buenos, sentirse mejor que nadie.

-Pues no. Nos admirábamos tanto que no podía decir ninguno que era mejor que otro. La admiración estaba por encima de todo. A mí se me pone el vello de punta con solo pensar que he toreado con ellos. Es algo mágico. Luego en la plaza llegaba mi toro y trataba remontarme pero… Recuerdo un día en Dax con Josemari con una corrida de Manolo González.

-¿Qué pasó?

-Él venía de Palma bajito de ánimo. No se le habían dado las cosas. Venga, anímate, que si no me hundes, me dejas a mí solo y me hundes. Porque yo necesitaba sentir la competencia para venirme arriba. ¡Que yo solo no sé torear!, le decía, y acabamos dando una tarde de toros estupenda. Con todos ellos disfrutaba mucho toreando. Con Robles, con Ojeda, también con Capea, que era otro estilo pero todo ganas, Pedro era de los que no se dejaba ganar la mano por nadie.

-¿Cuál era el más incómodo?

-Yo no diría incómodo a nadie pero en el sentido que le das te diré que Espartaco en su tiempo de figura era muy complicado. En su estilo era tremendo.

Me viene a la memoria la tarde de los quites en Madrid el día del mano a mano con Robles. Sucedió en el toro cuarto de la tarde, un torazo del Raboso con casi setecientos kilos, que por mucha contradicción que parezca era de la parte de coquilla. Lo he comprobado en la hemeroteca. Asistió el Rey Juan Carlos I, al que hay que agradecer el mucho respaldo que le dio al toreo siempre y que tanto echamos de menos ahora que las altas instancias del Estado han establecido lo que se llama en los medios un cordón sanitario cuando no nos niegan. Aquel día, el Rey y su hermana, la Duquesa de Badajoz, asistieron por sorpresa, con toda la naturalidad de la que hacía gala la sociedad, incluida Gauche Divine, cuando llegaba San Isidro y emprendían el camino de la plaza. Vamos a Las Ventas, a los toros, como todos los madrileños, de la misma manera que el lorquiano Antoñito el Camborio iba “a Sevilla, a ver los toros” José asiente. Julio bordó las chicuelinas en el toro de José y éste entendió que hasta ahí podían llegar las cosas y se fue al toro para bordar la verónica y se armó la mundial, ahora uno, ahora otro, Ortega llevó el toro al caballo por tapatías, Robles insistió por delantales, Ortega le volvió a replicar esta vez por gaoneras, que fueron auténticos naturales.

“La tarde de los quites con Robles se armó la mundial, al rematar nos fuimos el uno para el otro, parecía que íbamos a discutir o a pegarnos, pero nos dimos un abrazo”

-Pero que quede claro que las primeras chicuelinas, las que lo desataron todo, fueron las mías y al final vino ese apretón de manos que comentabas antes, cuando al final nos fuimos el uno para el otro parecía que íbamos a discutir o a pegarnos pero nos dimos un abrazo.

-Luego la faena mantuvo el nivel.

-Al toro lo gastamos demasiado en los quites y en el último tercio no se dejó mucho. Además, lo pinché tres veces, pero, recuérdalo, fue una faena de dos orejas.

-No hemos nombrado a tu otro amigo, a Antoñete.

-Antonio para mí fue el maestro. Otra cosa.

-Desde luego, pero ese será tema de la próxima semana.

Fotos: JAVIER ARROYO y ARJONA