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La Revolera

Borja Domecq, gloria in aeternum
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Borja Domecq, gloria in aeternum

El campo está de luto, la hierba ha dejado de crecer y los toros mugen su triste lamento por el ganadero de raza que se ha llevado a la grupa ese apocalíptico caballo negro al que llaman Covid-19, que ha venido a demostrarnos, cuando nos creíamos semidioses, que solo somos una leve hoja seca movida por el viento. Borja Domecq ha muerto. Así, sin más. Qué pena más grande. Los jandillas han perdido en un visto y no visto al hombre que los convirtió en uno de los hierros más deseados por la torería andante.

El criminal Covid-19, disfrazado de neumonía, ha acabado con una de las más anchas sonrisas de la andalucía ganadera. Da escalofrío pensar que aquel hombre de recio carácter y enorme vitalidad ha caído víctima de algo que ni el sursum corda acaba de saber lo que es exactamente. Lo conocí en Valencia hace más de veinte años, cuando dirigía Ràdio Nou en el último tramo de mi vida profesional. Me lo presentó Alfonso Guardiola -ya fallecido también- en el Hotel Astoria. Aquellas tertulias de codo en barra, en las que se hablaba de todo lo divino y de lo humano, terminada la corrida de Fallas o de la Feria de Julio, eran verdaderas aulas de tauromaquia en las que aprendí mucho de hombres como Borja.

De aquellos días nos quedó para siempre una amistad cordial y un respeto mutuo que se mantuvo incólume en el tiempo. Los toros de Jandilla, con sus mugidos tristes, con los pitones mirando al cielo, en el anochecer de un día fatídico tal parece como si estuvieran despidiendo a un trozo del alma de la Andalucía ganadera. ¡Maldito Covid-19, tarde o temprano te vamos a meter la espada hasta la cruz en el hoyo de las agujas! Te lo juro por estas...