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La revolera

¡Pobre de mí!
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(Foto: F. Mora)

¡Pobre de mí!

¿Qué le vamos a hacer si hoy me he levantado con el ramalazo de tristeza que de vez en cuando me asalta últimamente…? Mi congénita alegría se la llevó el viento de la pandemia Covid-19, y ahora es para mí, como para muchos españoles, un bien escaso. Este año no tendré que madrugar -y bien que lo echo de menos- para ver por televisión la carrera de los toros que se han de lidiar por la tarde en los Sanfermines. Sencillamente porque sin corridas no hay encierros. La calle de la Estafeta de Pamplona permanecerá desierta en las amanecidas de principios del mes de Julio. Y el “Pobre de mí” de los mozos pamplonicas y de todo el mundo, enganchados al ritual de cada año, será solo un recuerdo. Y silencio. El silencio de los cementerios...

Este año no tendré que madrugar -y bien que lo echo de menos- para ver por televisión la carrera de los toros que se han de lidiar por la tarde en los Sanfermines. Sencillamente porque sin corridas no hay encierros

Por mucha imaginación y buena voluntad que le echemos a la cosa, se impone la realidad, que no es otra que solo un año -cuando la incivil guerra del 36- no se celebraron las tradicionales corridas en honor del Santo Patrón de la capital de Navarra. Mientras los españoles se dedicaban a hacer eso que tan bien se nos ha dado a través de nuestra historia: Matarnos unos a otros. Y ahora que el Covid-19 está sustituyendo nuestra inveterada costumbre. El solar ibérico está triste y no tiene el cuerpo para fiestas, aunque como la de San Fermín esté dedicada a tan noble fin como es mantener durante todo el año la Casa de Misericordia.

La Comisión encargada de la organización -un recuerdo entrañable desde aquí para Cía, ese hombre que ha dedicado toda su vida, junto con otros tan entregados como él, a sacar adelante el serial para que tantas generaciones de ancianos navarros puedan pasar el frío y largo invierno con un mínimo de confortabilidad- en la que nadie se lucra de un euro, pese a los ímprobos trabajos que lleva consigo cada temporada organizar unos carteles atractivos que inviten a pasar por las taquillas. Un cometido ejemplar del que deberían aprender tantos que solo ven en el toreo una teta que ordeñar para bien propio, incluidos los profesionales que solo ven en el toreo un negocio, así como los políticos de todos los tiempos e ideologías.

San Fermín lleva muchos años siendo un ejemplo a seguir que muy pocos han seguido. Allí los toreros que no pueden exigir perciben un caché que en otras plazas sería un sueño, y las figuras y los ganaderos “lo suyo”

San Fermín lleva muchos años siendo un ejemplo a seguir que muy pocos han seguido, y han tratado y siguen tratando la Fiesta como si fuera una ubérrima ubre a la que ordeñar hasta la última gota. Allí los toreros que no pueden exigir perciben un caché que en otras plazas sería un sueño, y las figuras y los ganaderos “lo suyo”. Por eso y tantas cosas más, duele que ese cénit de la temporada que son las corridas de Pamplona sea este mes de julio una fecha en blanco en el calendario taurino. Ya perdimos la Feria de Abril de Sevilla, la de Fallas de Valencia y el San Isidro madrileño, y ahora perderemos también las de Pamplona y Bilbao, que son para la Tauromaquia algo así como para el ciclismo los grandes puertos de montaña del Tour de Francia, en los que se dilucida quiénes entrarán en París en la cabeza de la carrera.

Si es verdad aquello de que “Dios aprieta pero no ahoga”, querido Cía, esperemos que el año 2021 podamos vernos en San Fermín -porque “a Pamplona hemos de ir”- para darnos un abrazo que hoy tendría que ser obligatoriamente un simple codazo, con la cara tapada con una mascarilla como si fuéramos a atracar un banco. Pero así y todo, en el silencio de nuestra triste soledad, musitemos, aunque sea muy bajito, el “Pobre de mí, ya se acabaron las Fiesta de San Fermín”. Aunque no hayan ni siquiera empezado y no tengamos el alma para muchas alegrías...