Estoy con los héroes. Los verdaderos. Estoy con Padilla, con Ureña, con De Justo, con tantos personajes ejemplares que aman su oficio por encima de todo y con un puñado más. Pero me quedo con los héroes, los que están por encima de todo honrando esta profesión. Siete años llevo cerca de Padilla y ni una vez le he visto u oído quejarse, cosido como está a cornadas y a operaciones. Ahí está, doliente y bravo, un hombre bueno, sencillo, llamado Paco Ureña, de Lorca, de una pedanía llamada La Escucha. Años lleva peleando en la diáspora, en la marginación, o, mejor, la discriminación de años de lucha. El tesoro lo tenía. Lo vio José Antonio Campuzano (el mejor veedor de figuras y hacedor de toreros de ferias junto a Santiago López). Campuzano luchó con Paco en tiempos de guerra imposible. Pero uno creía en el otro desde el primer encuentro. Luego la lucha, sembrar brócoli en la huerta de La Escucha, la pedanía familiar. Y aquel dinerito servía para seguir buscando el sol de sus sueños. Maletilla de la vida como Dámaso, casi calcados.
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