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Oliva Soto y Urdiales, toreros

Sevilla anda enfrascada en la semana de preferia, cuando los carteles anuncian a toros con fama de que no son fáciles y los espadas apenas pasan de los veinte festejos al año. Es la semana de las oportunidades, de los sueños tantas noches revisados en la penumbra, de los toros agresivos...

Sevilla anda enfrascada en la semana de preferia, cuando los carteles anuncian a toros con fama de que no son fáciles y los espadas apenas pasan de los veinte festejos al año. Es la semana de las oportunidades, de los sueños tantas noches revisados en la penumbra, de los toros agresivos, de la plaza más bella que nunca cubierta en la mitad de su aforo, de los días de aficionados sin la contaminación de quienes acuden más para que los vean que para ver lo que sucede sobre el dorado albero.

Del sábado nos quedan vagos recuerdos. Es lo que pasa. El tiempo maquilla los resultados que no tienen poder por sí mismo. La corrida de rejones del domingo dejó preguntas en el aire. Se resumen en una: ¿Hacía dónde camina el toreo a caballo? Parece imposible ser rejoneador sin proponer una alta dosis de tremendismo, algo que en el toreo a pie no sería admitido, pero que en rejones se admite, se canta y se premia. Es como si los cánones fundamentales del toreo a caballo hubieran desaparecido de un plumazo. Nadie discute la doma de los equinos ni su tremenda habilidad, pero no parece coherente que las mayores palmas de una tarde de toreo a caballo se las lleve uno que les da bocados a los caballos. Es como si un lidiador a pie triunfara porque se sube a los lomos de los toros. Un disparate. Esto pasa porque casi nadie sabe lo que es el toreo a caballo puro.

Pero el cuerpo anda revuelto por lo sucedido el lunes. El Conde de la Maza soltó un gran toro y quiso el destino que fuera a las manos de Oliva Soto, el sobrino de Ramón Soto Vargas, muerto en la misma plaza hace 18 años por un novillo del Conde. Se ha cerrado el círculo. El Conde le debía algo a esta familia y ha sido un buen toro, que puede haber puesto en órbita a Alfonso Oliva Soto. La faena fue vibrante, emotiva, enrazada, pinturera, valiente, graciosa y salerosa; la plaza crujió satisfecha, incluso admitiendo que el conjunto pecó de aceleración. No lo mató, porque si lo mata estamos ahora hablando de la gloria de la Puerta del Príncipe, facilitada por el regalo de la oreja que le había cortado al segundo. Debe servirle; seguro que le servirá si hay justicia.

La corrida mostró también a un pedazo de torero que de forma sorda dio una lección de valor y serenidad para torear a un toro como el cuarto, que le miró su anatomía más de diez veces sin que el matador moviera un músculo. Era cierto, Urdiales es un gran torero.

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Oliva Soto y Urdiales, toreros

Carlos Crivell

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