Pedrés serio, Pedrés quieto

"...Como los molinos quieto, como los molinos serio". Así definió la notable sensibilidad taurina del poeta utielano Rafael Duyos al torero albaceteño por antonomasia, en cuya personalidad humana y torera se compendian las mejores virtudes de la recia gente de la llanura manchega
Paco Mora
lunes 13 de abril de 2020
Fotos: ARJONA "...Como los molinos quieto, como los molinos serio". Así definió la notable sensibilidad taurina del poeta utielano Rafael Duyos al torero albaceteño por antonomasia, Pedro Martínez "Pedrés", en cuya personalidad humana y torera se compendian las mejores virtudes de la recia gente de la llanura manchega. Debutó vestido de luces en una novillada […]

Fotos: ARJONA

"...Como los molinos quieto, como los molinos serio". Así definió la notable sensibilidad taurina del poeta utielano Rafael Duyos al torero albaceteño por antonomasia, Pedro Martínez "Pedrés", en cuya personalidad humana y torera se compendian las mejores virtudes de la recia gente de la llanura manchega. Debutó vestido de luces en una novillada sin picadores el día 2 de julio de 1950 en la plaza de toros de la calle de la Feria de Albacete, en un cartel en el que alternaba con el también albaceteño Miguel Gallardo y el valenciano Carbonerito, y armó tal alboroto que a las doce de la noche un numeroso grupo de vehementes aficionados todavía lo paseaban a hombros por las calles de la capital. Había nacido un ídolo que debutó con los del castoreño en el escenario de su revelación el año siguiente. Juan Montero ya tenía pareja. Ambos estaban destinados a inscribir la escuela albaceteña en los anales del toreo del siglo XX.

Desde aquel día los albaceteños se dividieron en dos sensibilidades altamente identificadas con sus respectivos toreros. Unos eran de Montero y otros eran de Pedrés, solían decir las madres respecto a los hijos de la familia, y enseguida surgió el chiste fácil: “¿Entonces, el padre qué hace en casa? Montero era la intencionalidad clásica elevada a la enésima potencia, tenía una cabeza muy clara y se le veía el progreso hacia la perfección de día en día. Pedro era la revolución cimentada en un valor serio, seco y sereno que ponía a los espectadores en pie al segundo muletazo. Dos toreros de contra estilo que formaron enseguida una pareja, que obligó a volver a las plazas a muchos que habían desertado aburridos del imperante sota caballo y rey, y también hizo nuevos aficionados que se quedarían para siempre. Luego vendría Chicuelo II, pero este era otra cosa, era un cabo suelto capaz de espeluznar a los espectadores, con su valor para dar el segundo paso donde pocos eran capaces de intentar el primero.

La época dorada, la que ha quedado en los anales de la Historia de Albacete, fue la de Montero y Pedrés. La mala suerte se cebó en Juan Montero, mientras Pedrés salía disparado en solitario hacia el Parnaso de la tauromaquia

Más tarde, al rebufo de aquella época gloriosa del toreo albaceteño que protagonizaron Montero y Pedrés, vendría una pléyade de buenos toreros. Pero eso ya era la normalidad. La época dorada, la que ha quedado en los anales de la Historia de Albacete, fue la de Montero y Pedrés. La mala suerte se cebó en Juan Montero, mientras Pedrés salía disparado en solitario hacia el Parnaso de la tauromaquia integrándose entre las figuras de su época, con las que compitió de tú a tú. Su arrolladora personalidad le hizo andar en versos y coplas y hasta los niños tarareaban aquel pasodoble que rezaba: “Pedro Martínez “Pedrés”, torero maravilloso, que al toro va frente a frente y al que le grita la gente por ser artista y valiente: ¡Viva el más grande, viva Pedrés!”. Pisó Las Ventas de Madrid por primera vez en una tarde triunfal en la que cortó tres orejas, y la plaza de la capital de España se llenó aquel día de albaceteños de todas las clases sociales, ideas y credos, que obligaron a RENFE a poner trenes especiales para que los paisanos de Juan y Pedro pudieran presenciar el acontecimiento.

Después de una etapa relativamente corta como novillero, Pedro tomó la alternativa en Valencia el 12 de octubre del 52, de manos de Miguel Báez “Litri” –que le cedió el toro “Gitanito”, de Cobaleda- y la confirmó el año siguiente -1953- en Madrid, recibiendo los trastos de matar de manos de Juan Posada. Los años que siguieron estuvieron repletos de éxitos para aquel espigado y serio muchacho de familia campesina, nacido en Los Labraos, una finca situada a pocos kilómetros de la capital. Permaneció un tiempo apartado de los ruedos para reponerse de una lesión que no le permitía ejercer su profesión en plenitud de facultades. Pero curiosamente, y al contrario de lo que suele suceder en estos casos, cuando volvió mostró a la aficion el mejor Pedrés, pues había madurado y perfeccionado su singular tauromaquia. Fueron los años en los que le abría cartel al Cordobés, que era la figura cumbre del momento, y obtuvo éxitos apoteósicos como la tarde de las tres orejas en la Feria de Sevilla. En el año 1965 toreó su última corrida en la feria de Hellín, alternando con Paco Camino y Manuel Benítez.

La Monumental de Barcelona fue una de las plazas talismán para el albaceteño. Precisamente, después de los años de descanso por la referida lesión, actuó en el festival monstruo, de mañana y tarde, organizado por la empresa catalana a beneficio de los damnificados por la tremenda Riada del Vallés, que tantas vidas se llevó por delante, y le hizo una faena extraordinaria a su novillo, dando la dimensión de un torero con todas las condiciones que se le conocían desde novillero pero reforzadas con la más depurada profesionalidad y una sorprendente calidad como muletero. Tanto es así, que don Pedro Balaña lo convenció para que volviera, y, partiendo de sus plazas de Palma, Zaragoza, Barcelona, Linares, Sevilla, Medina del Campo y algunas otras, le aseguró un buen número de corridas que Pedrés amplió con creces gracias a sus éxitos. Fue en esa su segunda época cuando alcanzó la consagración irrefutable, con la calidad de su toreo sedimentado, profundo y de una personalidad arrolladora, muy lejos ya de la escueta espectacularidad de los primeros años, pero sin perder un ápice de impacto en los tendidos. Entonces pasó a ser “el maestro Pedrés”.

Enseguida puso sus ojos en él, como buen conocedor de los auténticos valores de la tauromaquia, el que fuera apoderado y artífice de la carrera de Manolete, don José Flores “Camará”, que lo condujo a la cumbre

Su primer apoderado fue Lucinio Cuesta, un modesto taurino albaceteño, y enseguida puso sus ojos en él, como buen conocedor de los auténticos valores de la tauromaquia, el que fuera apoderado y artífice de la carrera de Manolete, don José Flores “Camará”, que lo condujo a la cumbre y viajó con él mientras el cuerpo le aguantó. Después lo apoderó Ignacio Sánchez Mejías, hijo del cuñado de Gallito, y en un breve periodo de tiempo Domingo Dominguín, hermano de Luis Miguel.

Pedro me lleva poco más de un año -¿Cuántos tenemos ambos?: Averígüelo Vargas- y somos amigos desde que todavía no nos había crecido la barba, y lo seguiremos siendo mientras el cuerpo nos haga sombra. Siempre que tuvimos ocasión a lo largo de nuestras vidas, nos reunimos para echar un rato de conversación con manteles de por medio, como los años que viví en Madrid dirigiendo Interviú o en Valencia la radio autonómica. Como yo tenía asentada mi vida familiar en Cataluña, cuando él viajaba a la tierra de Pompeu i Fabra me llamaba y nos encontrábamos para recordar viejos tiempos, más felices quizás porque éramos más jóvenes. Incluso durante los años que me encargué de la narración de las corridas de toros que transmitía Castilla La Mancha Televisión, me acompañaba en algunas ocasiones. Y es que Pedro ha sido un grandioso torero, pero como ser humano le da ciento y raya al del chispeante. Es una de las mejores personas que he conocido.

Uno, que ha tonteado lo suyo, se tiró un día al ruedo de la plaza albaceteña y ¿saben quién me echó la muleta desde la segunda fila del tendido, cuando di el salto y ya me encontraba inerme en la arena? Pues Pedrés, que la coló de matute en la plaza liada a la cintura debajo de la chaqueta. Era aquella famosa muleta a la que los maletillas de Albacete llamaban la “remendá”, que estaba tan zurcida y parcheada que pesaba más que un matrimonio a disgusto.

Pedrés vive en Madrid rodeado de su magnífica familia, que lo cuida como la joya de persona que es. Ahora nos vemos muy poco pero no pasa día en que no tenga un recuerdo para él. “Pedro Martínez “Pedrés”, torero maravilloso”, dice su pasodoble. Pero como persona es un fuera de serie y tenerlo como amigo es un privilegio...

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