El largometraje de San Isidro ya acabó y tiempo habrá de sacar conclusiones de la feria más importante del mundo en la que hemos tocado a veces el cielo, otras el infierno y sin obviar al purgatorio. Pero menos mal que Madrid está ahí, menos mal que San Isidro existe, porque esas ochocientas mil personas que han ocupado los escaños de Las Ventas son el mejor aval para la salud de esta Fiesta, la mejor respuesta a la racanería política, a la cobardía política, a su vulgaridad, descrédito, escaso talento, tan veleta, tan sin valores reales, tan oportunista, tan incapaz de trabajar las cosas vitales que acaba llenando el tiempo al viejo y ruin oficio de la censura de los tiempos de la horrible dictadura. Dictadores disfrazados de demócratas, titiriteros de lo que haga falta con tal de arañar sillones y poder. Vaya tropa, trabajen, déjennos tranquilos y preocúpense de cosas más fundamentales para la ciudadanía, porque ustedes no son profesores de nuestra moral, son gestores de nuestro bienestar y nuestra dignidad. Los gustos, legales, ni nos los pueden imponer ni nos los pueden quitar.
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