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Público poco impresionable

Cada día es más frecuente encontrarse con aficionados de solera que reflexionan sobre lo poco impresionables que son hoy día los públicos ante las gestas y gestos artísticos de la torería. Y es tema que vale la pena analizar, porque es cierto que en tiempos no tan lejanos recibir un toro a porta gayola, como hacía el recordado “Paquirri”, abrir la faena de muleta con un pase cambiado de espaldas, al hilo de las tablas (el famoso fallero) como hacía su creador, “Pedrés”, o en el platillo de la plaza, como solía hacerlo el buen torero que ha sido Fernando Cepeda, desbordaba las pasiones y generaba al instante ambientes de profunda admiración.

Sin embargo, ahora que la mayoría de los espadas considerados figuras prodigan en sus repertorios gran variedad de pases que deberían impresionar como lo hacían los ejemplos comentados, apenas provocan ese impacto, es como si ya se supiese, como si hubiesen borrado el factor sorpresa y si llega a producirse se diluye todo seguido sino se martillea con otros efectos digamos especiales.

En ese comportamiento más frío y analítico que adopta el espectador en la actualidad, puede que influyan varios factores, tales como que hoy los toros que se lidian que aunque más bravos y duraderos, tienen embestidas más definidas, más previsibles lo que posibilita repetir el alarde con una mayor frecuencia, y esta cuestión, la excesiva prodigalidad, puede ser una de las causas por las que el espectador ya no lo vea como algo intuitivo y excepcional. En cambio, cuando la embestida de los toros era más desconcertante cualquier intento de sobrepasar la raya de lo prudente, un arranque, un ahí voy, que sea lo que Dios quiera, ponía la plaza de su lado ese día y seguramente también los siguientes, cuestión que los buenos empresarios aprovechaban para montar un nuevo festejo.

La cuestión no solo afecta a los diestros de bravura y coraje, en el territorio de los llamados artistas sucede igual, dos, tres verónicas, no más, de Curro Romero una tarde, se celebraban como si Dios hubiese venido a verles y salvaban una feria y hasta una temporada, cuando en la actualidad Morante u Ortega pongo por caso repiten cada tarde (o casi) mazos de verónicas y medias verónicas de auténtica delicia no consiguen salvar la ídem sino la complementan con una buena faena. Y no son peores verónicas, desde luego que no.

El debate queda sobre la mesa: ¿somos menos sensibles, menos aficionados, son peores toreros, los toros imponen menos?... cavilen.

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Pedro Toledano

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