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¿Quién dijo miedo...?

¿Quién dijo miedo, habiendo hospitales? Eso nos decía el sargento de mi grupo de instrucción cuando tocaba pasar aquella terrible pista compuesta por alambradas en las que te dejabas la piel, aquellos conos de cemento con los que te desollabas las rodillas y una pared vertical con cristales en la cima, y que, cuando creías haber llegado al final, caías en un charco de cieno del que salías más negro que Antonio Machín. Si algún recluta rezongaba declarándose incapaz de pasar aquel infierno, el suboficial le señalaba el otro lado de la bahía gritándole como el sargento de hierro de la película: “¡Niñas cagonas, mirad; allí está el hospital y mas allá el cementerio! ¡Así es que, arreando monicacos!”.

Algo así parecía la corrida de esta tarde en Las Ventas con los toros de La Quinta. Más que una oportunidad, un quinario en el que ni la posibilidad de pedir socorro gritando “a mí la legión”, como en las películas de mi infancia, les quedaba a los héroes de la tarde. Grandes, regordías y cornalonas, las fieras a las que han tenido que hacer frente parecían tigres de Bengala disfrazados de toros con pinta de búfalos. A ver quién se pone bonito con ese material. Dicen que al otro lado de ese circuito del toro grande ande o no ande están la gloria, el éxito, los aplausos, el dinero y la fama. Pero no es cierto, porque salir de ese pozo sin fondo es un verdadero milagro y los milagros se producen muy de tarde en tarde, y los tiene que certificar el Vaticano. Entrar en esa dinámica es como hacerlo en el dédalo de los espejos en el cual se puede uno morir de viejo sin encontrar la salida.

Para mí, Rubén Pinar, Javier Cortés y Thomas Dufau han sido esta tarde tres gladiadores que se la han jugado sin opción a ganar, a veces incluso con momentos de brillantez, y que bastante han hecho con salir por su propio pie de la plaza. Pero esto es así, son lentejas, “si las quieres las tomas y si no las dejas”. Sí que el picador Francisco Peña ha interpretado la suerte con brillantez con un toro que se ha arrancado al caballo desde lejos en dos ocasiones. Pero eso es cosa del siglo XIX, ahora el toreo son otros lopeces, y el público espera otras sensaciones y otras emociones. Por ejemplo la emoción artística. Lo de hoy ha estado a cuatro pasos del sadismo. Lo siento, pero así lo veo y así lo cuento…

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¿Quién dijo miedo...?

Paco Mora

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