Todas las artes sometidas al juicio más o menos inmediato del público suelen dar elementos genialoides, y en ocasiones menos frecuentes absolutamente geniales. También el toreo. Lo que no da pie para considerar que los toreros geniales, que a lo largo de la historia se pueden contar con los dedos de una mano, hayan mandado en la tauromaquia de su tiempo. Más aún; los toreros tocados por el genio suelen ser más cortos y de más difícil imitación que los grandes maestros de enciclopédicos saberes. El genio es personal e intransferible mientras la sabiduría se trasmite de generación en generación. Ahí tenemos, como ejemplos de lo antedicho, a Fermín Espinosa “Armillita”, Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Luis Miguel “Dominguín”, por huir del juicio a los maestros más actuales que puede resultar espinoso y herir susceptibilidades. Sin olvidar, por supuesto, a un José Ortega “Gallito” cuyo grado de conocimiento del arte del toreo, y del elemento sustancial del mismo que es el toro, lo elevaba, según las crónicas de su tiempo y los testimonios de sus propios compañeros, muy por encima de todos sus coetáneos. Gallito no fue considerado jamás como un torero esencialmente artista, pese a lo cual figura en el reducido censo del Olimpo de los dioses del toreo.
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