En la política nos sucede como con el cerdo ibérico. Todo se aprovecha. Mientras Santander anda buscando no ser menos que Bilbao, Junta con Junta casi quieren el toro de Bilbao y así les fue, se conoció la muerte por ley del toreo en Cataluña, de la que no me desembargo. Ni los toreros y sus faenas podrán eliminar un año horribilis que es la consecuencia del acoso y derribo de un espectáculo sin amparo pero con amo en Cataluña. Pero a todo acto político le sigue una secuela política. Esta se traduce, según una encuesta del diario más catalanista de España, El País, que al 60 por ciento de los españolitos les cabrea enormemente que se hayan prohibido los toros allí. Y que el 49 por ciento de los votantes del PSOE piensan lo mismo. Zapatero, tan apegado a la realidad, ha dicho que no hay que politizar todo. O sea, que mato políticamente pero no hay que politizar con el muerto.
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