Opinión

Su propia inacción puede condenar a la tauromaquia

Acción. Ahora no se puede quedar quieto nadie, me refiero a empresarios y organismos de representación profesional, nadie es nadie, a riesgo de que les vuelva a pillar el carrito del helado y esta vez será definitivamente fatal. Significaría hule financiero y vital. O laboran, presionan, ceden, imaginan, inventan, arriesgan… ¡hagan algo, coño! o no habrá reaparición posible porque no habrá ni dónde ni para qué. No sé si las altas instancias del toreo se han dado cuenta, no parece, no hay toros pero sigue habiendo grandes problemas y cuestiones que resolver. Recluirse en los cuarteles de invierno a que pase la tormenta y seguir al mismo tran tran de siempre es suicida. Si insisten en la inacción habrán perdido un tiempo precioso en una postura imperdonable.

O laboran, presionan, ceden, imaginan, inventan, arriesgan… ¡hagan algo, coño! o no habrá reaparición posible porque no habrá ni dónde ni para qué.

La tarea que tienen por delante es para temblar, solo apta para hombres con sana ambición (el matiz de sana, sana ambición, es obligado), solo para empresarios de una pieza con vocación de futuro que quieran apostar a ídem con las posibilidades de ganar justas, muy justas. Sea como sea no se pueden quedar quietos a la espera de que se levante el telón de la actividad (algunos piensan en abril) y encontrarse con los mismos problemas de siempre, que, si antes de esta desgracia universal eran de difícil solución -una carga insoportable-, ahora serán definitivos. Equivaldrá a retomar la misma senda de los elefantes camino del primer muladar que pillen. Será languidecer, languidecer y languidecer hasta la palmatoria final. Es una evidencia palpable. Con medio aforo como tope permitido en las plazas, con los bolsillos de la gente desfondados, con los anti envalentonados y sus jefes necesitados de pancartas que disimulen sus carencias programáticas, el panorama que se le presenta a la tauromaquia no es duro, es peor. No digo insuperable pero duro, durísimo sí. Todo ello hace obligado que se sienten dispuestos a resolver, fundamentalmente los empresarios, y lo dicho: laboren, presionen, cedan, imaginen, inventen, arriesguen…, pero colectivamente. Las escaramuzas personales o de clase no van a ninguna parte.

No se pueden quedar quietos a la espera de que se levante el telón de la actividad (algunos piensan en abril) y encontrarse con los mismos problemas de siempre, que, si antes de esta desgracia universal eran de difícil solución ahora serán definitivos

Si todos convienen, convenimos, que la salvación del sector debe comenzar por salvar los pueblos, hay que ponerse a hacerlos viables, y si el presupuesto de una novillada en una plaza de tercera es de cuarenta y cinco mil euros como me han echado las cuentas quienes saben, cuarenta y cinco mil del ala yendo por derecho, sin trapisondas, porque en ese caso estaríamos donde siempre, es decir en la mierda, o sesenta mil en una plaza de segunda, al ayuntamiento o comisión de turno le sale más a cuenta programar un gran espectáculo musical o dos, que seguramente incluso será más barato. Por tanto hay que buscar la fórmula para rebajar ese presupuesto, naturalmente por derecho y hay vías para lograrlo con un pacto del sector. Si en una plaza de primera o segunda llega la corporación propietaria y saca un pliego leonino hay que tener los mecanismos o las estrategias necesarias para que se lo coman con patatas o, mejor, para convencerles con anterioridad de que no deben sacarlo; si los costos de la seguridad social en una novillada de un pueblo son nueve mil euros y no ponen ni los médicos hay que rebelarse por el abuso que supone además del agravio con otros sectores… Y podría seguir porque esos problemas que ya eran problemones antes de la maldita pandemia siguen ahí, solo que ahora el sector está más tieso, más escurrido y por tanto más vulnerable a tal punto que será tierra abonada a la picardía o a la desaparición (ya son medio millar las ciudades que han dejado de dar toros en los últimos años) o programarán espectáculos mediocres que no interesan y acaban conduciendo a lo anterior. Los ejemplos puestos podrían llevar a pensar a los más optimistas que las grandes plazas están al margen, pero se equivocan, y en cualquier caso no se descuiden, sería solo de momento.

Si la salvación del sector debe comenzar por salvar los pueblos, hay que ponerse a hacerlos viables y si el presupuesto de una novillada en una plaza de tercera es de 45.000 euros les sale más a cuenta programar un espectáculo musical. Por tanto hay que buscar la fórmula para rebajar ese presupuesto, naturalmente por derecho y hay vías para lograrlo con un pacto del sector

El argumentarlo no es reflexión personal, que también, se lo escuché a un empresario de los considerados jóvenes y válidos, hay más de uno de esa condición y seguramente lo compartan muchos más, incluidos los menos jóvenes, solo que unos no acaban de dar el paso al frente mientras otros se atrincheran conformados en cazar las piezas que han escapado a las escopetas de los anti y demás especímenes taurófobos.

Esto lo tienen que resolver quienes tienen la ilusión más allá de la edad de seguir mucho tiempo en el toro. Por favor, laboren, presionen, cedan, imaginen, arriesguen, inventen… a riesgo si no lo hacen de empobrecer el sector hasta la desaparición por ruina del mismo. Nuestra inacción es equiparable y tan corrosiva como la hiperactividad de los enemigos.

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Su propia inacción puede condenar a la tauromaquia

José Luis Benlloch

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