Llegado septiembre, en Valencia el toreo mira a Utiel y los más adictos procesionan hasta la plana de esa Valencia que comienza a tener sabor castellano. Mestizaje cultural, le llaman ahora. El más que centenario coso de La Utielana, levantado por iniciativa de los prohombres de la ciudad, mantiene viva la llama del toreo con toda la liturgia y nombres propios de la tierra. La Peña Taurina, Paco Barberá mediante, que reconoce méritos con premios anuales; los de Los Cuarenta Pavos, cenáculo de sabios, al que da voz periodística José Luis Ramírez, que cada tarde, sin tiempo a que se enfríen las pasiones, valoran al triunfador con litros del buen vino de la tierra, en un tanto pesas tanto te llevas; no son detalle menor ni la tertulia mañanera en torno al viejo olmo del patio de cuadrillas, el único superviviente de la maldita grafiosis (la plaga que vino de Holanda) ni tampoco echen en saco roto los rocines de Enrique Platero, un lujo que dan estilo propio al arrastre y ni que decir del burladero de médicos, gente sabia, en realidad el mayor cúmulo de catedráticos y eminencias que se conoce en una plaza, capitaneados por el doctor Carbonell, todos prestos al quite que nadie quiere que llegue a ser necesario, pero por si acaso...
Este año se echa a faltar a Juan Duyos (D.E.P.), utielano de pro, padre del diseñador del mismo nombre e hijo del gran Rafael Duyos, médico, poeta y sacerdote, al que el toreo le debe el gran homenaje. Don Rafael firmó poemas tan celebrados por certeros como el de Blanquet, que contiene lo que se puede considerar la perfecta definición de lo que debe ser un torero de plata: …los músculos tensos / siempre a punto pies y manos / para correr hacia el toro / con eficacia y con garbo... / más que garboso, eficaz / que también es necesario.
Porque el arte del peón / es eso: estar sin estarlo / tantear, doblar, fijar / ser antes hierro que nardo / y tener a flor de ingenio / ese justo capotazo / y ese hacer -visto y no visto- / sin adorno, el lance exacto / irse sin irse del todo / y volver menudo y rápido / cuando la voz de José / -¡Vamos, Blanquet!- le ha llamado.
Y como un día de toros es mucho más que las dos horas y pico que hay que estar en la plaza, en Utiel no se puede obviar la buena mesa, la siempre emotiva vuelta de los vecinos que encontraron su sustento y su vida lejos de la planicie utielana y acuden a la llamada de los ancestros; ni tampoco la bajada de la virgen ni la procesión, no importa el partido ni la ideología de cada cual, la virgen, la del Remedio, claro, va por delante de otras devociones...; y por todo ello, la corrida de toros, devoción pagana, es, llegando septiembre, cita imposible de desoír para utielanos y otros adictos entre los que me encuentro. Además, este año con más motivo, había cartel de lujo.
Daniel Luque, proclamado triunfador de Bilbao nada menos; y el emergente Samuel Navalón, del vecino valle de Ayora, que cuenta y mucho en la cabeza de la temporada, además del extremeño Emilio de Justo.

