Hectáreas de esperanzas escritas, millones de kilómetros cuadrados de deseos, la unanimidad de una ilusión que era una necesidad: que el pliego de Madrid iba a ser la esperanza del cambio en la gestión del toreo. Visto lo visto, si Madrid marca una pauta, la marca para seguir el mismo rumbo. Leído el pliego de condiciones sacamos una conclusión evidente que no parece importar a nadie: que esto tiene el remedio que tiene la necedad, que se soluciona cuando el necio cae en la cuenta. Y reflexiona. Y le echa tiempo y talento y generosidad y trabajo. Con el pliego actual en una suma y una resta evidente de perogrullo, sacamos la conclusión triste y onerosa de que este espectáculo, en la más grande plaza del mundo, no genera riqueza. Y sin riqueza no hay futuro, pues sin los dineros que tanto y tanto se necesitan y más ahora, no hay inversión y sin invertir no hay crecimiento y sin crecimiento no hay consumo y sin consumo no se crece. No lo digo yo, lo dice nuestro ya presidente Rajoy. Y estoy de acuerdo absolutamente. Me pregunto entonces por qué no se aplica este principio a la Fiesta. Yo respondo. Por la necedad histórica, por la falta de talento, por un espectáculo que vive en su comuna de los paniaguados, las barrigas agradecidas y una mirada entre perversa y desconfiante que dice que esto de los toros, cuidado. Que somos como somos.
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