La historia se repite. Es absolutamente cíclica y no funciona por círculos concéntricos sino por espirales. Siempre que surge un torero poderoso con sabiduría, facultades, técnica depurada y carácter de líder, se dejan oír también los que le niegan el pan y la sal acusándole de falta de pureza en la interpretación de su toreo, y de mixtificar la tauromaquia que ellos certifican como auténtica. Sin caer en la cuenta de que se han dejado encandilar por la personalidad confundiéndola con la pureza. En sus invectivas se detecta un burdo y grosero partidismo en favor de toreros de evidente personalidad, respetabilísimos por su entrega y seriedad profesional, a los que perjudican con su intolerancia y desprecio de la línea eterna del toreo, que precisamente con su supervivencia justifica y hace posible la existencia de otro tipo de toreros. Es un fenómeno que se repite en el tiempo, cuando de manera simultánea al torero total aparece uno con sello propio, y un concepto angustioso y elemental del arte de torear fácilmente comprensible, que lo convierte en ídolo popular.
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