De la figura humana de Juan Pedro Domecq siempre me quedará la imagen de un encajador con clase. Pocas personas han sido tan maltratadas en el mundo del toro. En mi caso, algunas veces, mostré mi desesperación ante el mal juego de sus toros. A muchos nos pareció muy ingenioso escribir que se había lidiado una “juampedrada”.
Lo cierto es que lo encajaba todo con clase. Dialogaba sobre su concepto del toro de lidia, defendía sus tesis con pasión, era un innovador permanente sobre los asuntos ganaderos. Y tenía detrás el honroso honor de comprobar que el tipo de toro que su familia forjó era el preferido para el toreo actual.
Juan Pedro Domecq ha muerto de forma trágica. El azar se lo ha llevado algo prematuramente, cuando aún tenía proyectos que culminar sobre sus temas preferidos. La muerte de Juan Pedro borra muchos de sus defectos y ensalza su figura como un ganadero avanzado en cuestiones como la genética y la informática aplicada al toro de lidia. Su testamento “Del toreo a la bravura” es un fiel reflejo de lo que siempre predicó en toda su vida, porque Juan Pedro nunca cambió de opinión. Es posible que estuviera equivocado en algunos conceptos, pero también tenía la razón de su lado cuando el toro que creó es la base del toreo moderno. Otra cosa es si ese toro es el que puede ser el del futuro de la Fiesta. A Juan Pedro sólo cabe honrarle como lo que fue: un apasionado del toreo en toda su extensión.
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Un encajador con clase
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