Categorías: Opinión

Una barbaridad

El TC de Colombia ha puesto fin a la solidaridad y a la corresponsabilidad histórica y legal entre los humanos, pues ha dado valor de ley a un pensamiento de unos humanos a costa de quienes pensamos de forma distinta. Hoy soy un animal de escala inferior.

La sociedad ha admitido al “animalismo” como una nueva ética de logros sociales. Es decir, se cree la sociedad que el animalismo es un avance del ser humano, que mejora el bienestar social. Aceptaría esta conclusión moral si la argumentación de este movimiento me diera pie a hacerlo. Es decir, la aceptaría con la lógica matemática de 2+2 igual a 4, e incluso aceptaría que esta suma fuera de 1,80 ó 2,14, teniendo en cuenta que las coherencias morales jamás son matemáticas. Pero no puedo admitir una lógica moral que diga que 2 más 2 sea el número pi. Explico.

Animalista, en definición de ellos mismos, es la persona que toma partido prioritario por la defensa, protección, respeto y bienestar de la especie animal. Para actuar y tomar partido en esta lucha, los animalistas (ellos) basan su posicionamiento en una clasificación diferenciadora entre “animal humano” y “animal no humano”. Una diferencia gramatical que ellos desean que se convierta en una diferencia legal. Para lograr que “animal humano” y “animal no humano” tengan los mismos derechos. Supongamos que admito esta clasificación, incluso desde el punto de vista jurídico y concedo los mismos derechos a los animales humanos que a los animales no humanos.

Siendo la prioridad del animalismo la lucha por el bienestar animal, como animal que dicen que soy, exijo también al animalismo que me incluya en la prioridad de su lucha. Siendo considerado como animal humano por ellos, exijo para mi bienestar la misma prioridad en la lucha por mi bienestar. Pido, en coherencia, honestidad y lógica del animalismo, igualdad de trato. Pero es evidente que no lo voy a lograr, porque el animalismo ha dejado bien claro que su lucha prioritaria y exclusiva no es el animal, sino exclusivamente el “animal no humano”. Es decir, que la coherencia ideológica del animalismo, aceptando todos y cada uno de sus discursos, da un resultado patético, inmora l y falso. 2 más 2 le da como resultado el número pi.

No estoy tratando con una argucia semántica. En absoluto. Porque no voy a argumentar a continuación algo que, siendo cierto, puede ser tomado como una demagogia. No le pido al animalismo que entre en la batalla cristiana del amor al prójimo, ni en la batalla solidaria de ayudar al de al lado, ni en actuar para lograr la erradicación del hambre o la guerra o la injusticia para el ser humano en el mundo. No le voy a pedir eso porque sé que no es su prioridad. Los animalistas dicen que esa tarea también es buena, pero no es su prioridad. No les compete. La prioridad no es para con los animales, sino exclusivamente para con los animales no humanos.

Pero lo que no voy a permitir es la coerción e imposición de la que el animalismo está haciendo gala. Como animal que ellos me conceden ser, les exijo dos cuestiones. Una, que si yo, como animal humano, he de prescindir lo que XXI siglos de humanismo me ha dotado como animal antropológicamente superior (lo hago), no sitúe al animal no humano por encima del animal humano. Le exijo que no cambie el podio de la supremacía antropológica de un animal por otro, sopena de una espúrea, obscena y falsaria ideología basada en un buen trato al animal. Porque, como animal reconocido por ellos, me excluye de su pelea por el bienestar.

Yo les cedo el fin de las religiones del mundo, el fin de los sistemas políticos, el fin del Derecho…, de todo lo que el ser humano ha logrado como ser antropológicamente superior. Les concedo que hasta los tribunales constitucionales hayan pervertido el orden natural de la civilización humana. Pero les exijo que luchen por mi libertad, mis derechos, mis afectos, mis tradiciones y mis rituales. Y si no lo hace, si un tribunal constitucional como el de Colombia dice que he de pactar el retroceso de mis derechos logrados en siglos de evolución, resulta que se está perpetrando un radical cambio de liderazgo antropológico urgido por una minoría de “animales humanos” llamados “animalistas”, a favor de los animales no humanos. El TC de Colombia ha puesto fin a la solidaridad y a la corresponsabilidad histórica y legal entre los seres humanos, pues ha dado valor de ley a un pensamiento de unos humanos a costa de quienes pensamos de forma distinta. Hoy, gracias al TC de Colombia, soy un animal de escala inferior.

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Una barbaridad

Carlos Ruiz Villasuso

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