Era la tarde estelar de la Feria de Julio. Al reclamo de Roca Rey se construyó esta feria necesitada de revitalizadores y quién mejor para situarla donde antaño que la figura peruana, auténtico ídolo en esta plaza con un currículum impresionante. Y la figura peruana, por eso es figura, no falló. Hubo que esperar al sexto de la tarde para que se encendieran las pasiones que hasta ese momento estaban escondidas. Y bien que se encendieron.
Ese sexto vino a completar una muy toreable (y orejera) corrida de Juan Pedro Domecq. Además de las virtudes, la nobleza por encima de todas, díganle toreabilidad, que tuvieron sus otros cinco hermanos, éste fue el de mayor fondo. Bien picado por José Manuel Quinta, se lució Agustín de Espartinas en banderillas. La pasmosa serenidad de Roca Rey en el inicio fue sobresaliente, los pies quietos, clavados en los estatuarios, la sorpresa de un cambiado por detrás, un trincherazo toreado, el de pecho... fue el prólogo excelente a una excelente faena. Fue Roca Rey en su plenitud, torero, ambicioso, descarado. Crujió al toro por la mano derecha. En el toreo fundamental, ligado, templado, barriendo la muleta la arena, muy poderoso. La faena toda ella en los medios. Cosidos los muletazos, enganchaba aquí la embestida y la soltaba allá. En un palmo de terreno toda la faena. Una serie al natural rematada de un pase de pecho enganchado como un circular fue extraordinario, sobre el eje del torero giró el buen juampedro. Roca Rey cargó con la responsabilidad de la feria y dio la cara en una plaza que lo adora. Le apretó el peruano todo lo que pudo y más al toro. Sacó todo el repertorio, desde el toreo fundamental, que ya digo que fue excelente, a los recursos finales como los circulares y el epílogo en las cercanías. La gran estocada hacía pensar que.. que a esas alturas la noticia debía ser un nuevo triunfo de Roca Rey que viniera a engrosar su extraordinaria lista de éxitos en Valencia pero desde el palco, la señora presidenta, recuerden, la misma del escándalo con Tomás Rufo en Fallas, quiso erigirse de nuevo en protagonista. Reincidencia se dice a eso. La voluntad de una persona contra la de nueve mil. Si en el anterior turno de Roca Rey se puso a contar pañuelos para no dar la primera oreja, en esta ocasión no se sabe muy bien a qué se agarró, o sí, a su capricho personalísimo. Un atropello en toda regla. Se han abierto puertas grandes y concedido orejas en esta plaza, y se seguirán dando, con muchos menos méritos que los contraídos esta tarde por Roca Rey. El cabreo del peruano era evidente (y lógico). Le acababan de mangar una puerta grande ganada a ley. Los gritos de ¡fuera, fuera! al palco fueron tan sonoros como la ovación en las dos vueltas al ruedo que hubo de dar Andrés.
Con el jabonero tercero se inventó una faena meritoria. El toro, el de menos vida y bravura de la corrida, pareció acusar además una caída a plomo en los estatuarios iniciales. Roca Rey acortó distancias, se montó encima y entre pitones, con el toro muy venido a menos, le dio a la parroquia lo que esperaba ver: un arrimón que les entusiasmó. Un desplante tirando la muleta y las bernadinas acabaron de caldear el ambiente. Una estocada trasera. Parecía que podía caer la oreja pero la presidenta, ya digo, se puso a contar pañuelos y no atendió la petición.
OREJA PARA TALAVANTE
En el lote de Alejandro Talavante cayeron dos toros muy homogéneos en su comportamiento. De pitón blanco y buena expresión el segundo, de escaso perfil el quinto. Con ese guapo segundo se templó por airosas chicuelinas a las que dio réplica Roca Rey por altaneras, ya clásicas en su repertorio. Tuvo el toro ese puntito de embestir recto y sin terminar de humillar, pero fue de trato sencillo. El extremeño firmó una faena ligada, templada y bien resuelta. Lo mató de una estocada contraria y paseó una oreja.
Con el manejable quinto, la raza justa, Talavante se explayó en faena larga, lo pasó por una y otra mano con facilidad. Tanto en su anterior como en este los mejores muletazos llegaron con la mano izquierda; también el toreo de recurso, como los molinetes, el pase del desdén, fue abundante. Amagó con rajarse el toro antes de montar la espada el extremeño.
No fue una tarde fácil para Manzanares, que hizo un sincero esfuerzo cuando una vez lidiados sus dos toros se supo que fue atendido en la enfermería de un desvanecimiento por una posible bajada de tensión. Al alicantino se le vio mermado, incluso con una toalla de hielo durante la corrida sentado en un taburete en el callejón. Se encontró con dos toros de buena condición y a los dos les hizo faenas abundantes. El que abrió plaza, cuando le exigió, que fue en una única tanda sobre la mano derecha, respondió. A este lo mató al segundo intento de una extraordinaria estocada. Como mandan los cánones. El cuarto tuvo buen trato, sencillo, noble. Dejó una faena muchos muletazos pero sin eco. La espada no fue esta vez el tapabocas.
Valencia. Viernes 17 de julio de 2026. Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados, nobles y de buen juego en conjunto. El mejor, por su mayor fondo, el sexto. José María Manzanares, silencio tras aviso en ambos; Alejandro Talavante, oreja y ovación con saludos tras aviso; y Roca Rey, ovación con saludos tras petición y aviso, y oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo. Entrada: Más de tres cuartos de plaza. Saludó Agustín de Espartinas en el sexto de la tarde.
