La pincelada

Valencia: Salvar la Fira, un sueño posible

José Luis Benlloch
viernes 23 de julio de 2010

Ahora llega el turno de Valencia. Julio y su feria taurina, más que centenaria, es para los aficionados un viejo sueño. O quizás una cicatriz nunca bien cerrada…

Ahora llega el turno de Valencia. Julio y su feria taurina, más que centenaria, es para los aficionados un viejo sueño. O quizás una cicatriz nunca bien cerrada. La referencia señala directamente a la Valencia taurina más importante. Hasta once corridas de toros con lo mejor de lo mejor del momento cuando las otras ferias ni soñaban con esas cifras u otras como la madrileña de San Isidro tan decisiva en la actualidad, ni siquiera se había inventado. Sucedía ya en los tiempos de Granero y Belmonte que llegaron a coincidir hasta seis tardes seguidas en el mismo cartel cuando la afición iba buscándole un heredero a Joselito El Gallo; sucedió años después cuando Félix Rodríguez, Vicente Barrera, Enrique Torres, Chaves y demás, tiempos en los que los valencianos no eran problema y sí orgullo competían con los Marcial, Domingo Ortega, Manolo Bienvenida, Márquez y otros. Volvió a suceder con la plenitud de Manolete que hizo de esta feria y esta plaza su casa gracias a la confianza empresarial que depositó don José Alegre en Camará y más tarde con los Litri, Aparicio, Ordóñez, Camino y ni qué decir con El Cordobés. ¿Y luego?… luego comenzó el declive. No hay que echarles las culpas a los taurinos o al menos no todas. La culpa principalmente fue de la sociedad o más exactamente de la mejora del nivel de vida. En ese aspecto no deja de ser un alivio. Los toros, base fundamental de un programa festivo, comenzaron a tener una competencia fuerte. La segunda residencia, las playas, el automóvil, las comodidades dejaban casi desértica la ciudad que automáticamente perdió el ambiente festivo. El programa de los otros actos languideció o se refugió directamente en la noche, los comerciantes, primeros valedores de la feria, decidieron inventar las rebajas y llegado Julio incluso algunos cerraban sus tiendas y los toros comenzaron a quedarse solos en la ciudad y a perder su batalla. Se ha dicho muchas veces pero es la realidad. Los taurinos, más amigos de las acciones a corto plazo que de las inversiones de futuro -pronto y en la mano suelen decir- adoptaron un entreguismo claudicante y las instituciones por su parte se desentendieron en la misma dirección. Para entonces las Fallas se habían puesto en el punto más alto de su historia y todos se dieron por satisfechos. Los aficionados, al menos los más tradicionales, nunca aceptaron esa derrota. Dieron la bienvenida a la joven feria marcera a la vez que enfermaron de nostalgia juliana. La feria, conocida como la Fira, de gran arraigo rural, tiempo en el que muchos se iniciaron como aficionados con sus espectáculos nocturnos que llenaban a diario el coso, permanece en el recuerdo y azuza las nostalgias. Se piensa y participo de ello, que la solera y la tradición de esta feria, la fira de Valencia, son base suficiente para recuperarla en la extensión y la calidad adecuada a los tiempos. Esa tiene que ser la clave, concentración, grandes espectáculos y obligada implicación oficial. La aventura podría ser rentable, ahí está el ejemplo de Santander, feria que coincide con la nuestra en el tiempo y que ha pasado de la nada al todo y en donde comercios y hostelería viven una semana pletórica en torno a los toros. El ejemplo demuestra que el éxito es posible, sólo hace falta querer, el costo es asumible, bastaría con que la administración renunciase a los ingresos que le generan los propios toros, exactamente mucho menos de lo que invierte en alguna actividad y deporte de ninguna tradición en esta tierra pero… el pero es que la administración anda un tanto bastante contagiada del adagio taurino del pronto y en la mano.

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