Aparecieron los cuadris y fue otra cosa. Y tanto. No es que arreglasen el universo mundo ni mucho menos que fuese una corrida brava, pero se sintió el toro. Ya lo creo. Falta hacía. Se sintió la dureza, el riesgo de ser torero, la sensación de verdad, hubo emoción en el mejor de los sentidos, la esperanza constante de que aquello valía la pena y de que no todos podían/pueden ser toreros. Fue una selectividad radical: Usted paquí/usted pallá, pase, espere, bienvenido, adiós. Allí no se perdía el tiempo ni se comían pipas ni se contemporizaba, si acaso uno se recomía las uñas o las entrañas según fuese espectador o protagonista. Había que ver cómo envejecen los artistas en esos casos. Fue en realidad una corrida difícil, lo que siempre se entendió que era una corrida dura o torista, que es término relativamente moderno. En el desierto en el que apareció, un monumento que agradecer especialmente. Tampoco pido que todas las corridas sean así, nos quedaríamos sin uñas, si me permiten la ironía, no habría artista que aguantase y además nos perderíamos otros valores como la toreabilidad, la clase, la nobleza, la bravura en el sentido menos rudo o la codicia creciente y esos conceptos, no lo olviden, son necesarios para hacer ese toreo por el que tanto suspiramos y con el que tanto nos emocionamos cuando surge.
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Y aparecieron los cuadris
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