Se fue el maestro Antoñete. No lo vamos a olvidar. Maestro en la plaza continuó ejerciendo el magisterio ante los micrófonos. Fue su penúltimo regalo. Hablaba sin voz, no la necesitaba, con tino, sin herir pero claro, hablaba en torero.
Un sabio. El toreo en el alma y en la cabeza hasta el final. Leyenda pura. Oro de la mejor ley hablando en términos toreros. Chenel es una de las grandes referencias del toreo más clásico de los últimos cincuenta años. Mil hazañas, en la plaza y fuera de la plaza, faenas gloriosas, caídas y resurgimientos, bohemio, desinteresado, antisistema, valiente, elegante, ejemplo de longevidad torera, una persona cálida y próxima, para mí y para muchos: una debilidad.
Una historia para el cine, un best seller andante. Llevaba varios días peleándose con la parca, contra los efectos del tabaco y la dureza de la vida que le había dejado marcado para siempre su cuerpo de niño de posguerra, bregó hasta el final sin perder el sitio y se fue sin volver la cara, como los toreros valientes, como lo que fue. No lo vamos a olvidar.
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