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Alvarito, la sabiduría callada

Nunca el diminutivo de un nombre encerró tanta cercanía, tanto cariño y tanto respeto como ha sido el caso del recientemente fallecido Álvaro Domecq Romero. Estos días postreros a su fallecimiento, muchos han sido los adjetivos preñados de cariño que le han dedicado personas de reconocido prestigio. Todos, sin fisuras, lucían el marchamo de su bondad y generosidad, y los que en algún momento de su trayectoria vital, como es el caso de quien firma esta columna, tuvieron la dicha de tratarlo al margen del ruido que siempre provoca la fama, teniendo en cuenta que Alvarito la disfrutó ya desde la cuna, concluían con una definición que sintetiza con precisión suiza uno de los rasgos más pronunciados de su personalidad: la sabiduría callada y apasionada que atesoraba.

Hablaba poco y hacía mucho. Ahí está su legado. Ya lo saben, antes de cumplir la veintena, cuando el rejoneo todavía era un apéndice en la tauromaquia, irrumpió con una personalidad y un valor propio de los toreros de a pie. Tanto fue así que quienes frecuentaban la legendaria finca de Los Alburejos, en los años en los que Manolete la tenía como casa propia, y más tarde el viejo Camará guardaba el luto del genio cordobés junto a su amigo Álvaro Domecq y Díez, opinaban que debería bajarse del caballo y torear a pie, pues tal era su descaro con capote, muleta y espada frente al toro bravo. Pudo más el amor al caballo. Pronto se hizo imprescindible en todas las ferias y las figuras lo exigían porque ayudaba una enormidad en las taquillas. Fue el paso previo a la eclosión que supuso más tarde aquel célebre espectáculo de los "Cuatro jinetes del apoteosis".

Pero hubo más. Su obra cumbre, la que hizo que el caballo, Andalucía y España se divulgara por todo el mundo con sello de excelencia, fue la creación de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, nacida después de haber puesto toda su sabiduría y paciencia en el que resultó ser magistral espectáculo llamado “Cómo bailan los caballos andaluces”. Y todo sin perder atención a su otra pasión, la de bodeguero. Un personaje admirable.

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Alvarito, la sabiduría callada

Pedro Toledano

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