La Feria del Pilar 2026 lleva su nombre inscrito en forma de homenaje, justo y merecido homenaje, cabe decir, un reconocimiento cargado de afecto por tratarse en su tierra y también de admiración por cuanto llega impulsado por Morante de la Puebla, empeñado no solo en hacer historia en los ruedos sino en legar la historia misma de la tauromaquia. Los toreros, quienes tanto le deben a él y a sus muchos compañeros que con su talento y manos salvadoras convierten el drama en esperanza, tributan honores a una figura por quien sienten devoción y que es pieza fundamental en la vida de la plaza de La Misericordia y de la cirugía taurina, no en vano suya es la primera tesis -"Estudio de las lesiones que se producen en las fiestas de toros", 1976- sobre heridas por asta de toro. Su mayor contribución con los doscientos casos que se recogían en aquel trabajo fue estructurar los conocimientos que ya se conocían entonces y que eran patrimonio de los periódicos y llevarlos a las páginas académicas. Ahora, un busto obra del escultor Martín Lagares en su plaza de Zaragoza le recordará para siempre, a él, Carlos Val-Carreres Guinda, tercer eslabón de una generación que ya va por la cuarta con su hija María Pilar -asoma incluso la quinta- y por extensión a toda su familia, que comparte pasión y devoción, toros y medicina.
"El éxito se suele personalizar en quien firma el parte pero la realidad es que el mérito es de un grupo humano con un alto grado de confianza"
Carlos siguió los pasos profesionales de su abuelo y su padre, ocupando vía oposición libre primero la vacante que dejó su progenitor como jefe de cirugía en el Hospital Provincial de Zaragoza y, posteriormente, en la enfermería de la plaza de toros. Su destinto, teniendo en cuenta sus antecedentes familiares y sumando su afición a los toros, estaba escrito. "En mi casa casi se respiraba cloroformo", confiesa. Entró en la enfermería de La Misericordia en 1975 -su padre falleció en 1980 poco después de jubilarse- y dos años después ya tuvo que atender una herida muy grave a Palomo Linares, corneado en la cavidad torácica derecha por un toro de Conde de la Corte un 16 de octubre. "El debut fue importante, sí", recuerda. Luego llegaría la cornada que un toro de Baltasar Ibán propinó a Ortega Cano -el 13 de octubre de 1987-, "fue en la zona toracoabdominal, y le fracturó las costillas y el diafragma, hasta herirle el hígado y el pulmón", afirma, y mucho antes de estas dos el episodio de Tarazona -17 de julio de 1963- donde su padre, que estaba viendo el festejo como espectador en el tendido, operó a Jaime Ostos junto al equipo médico de aquella plaza. "Se pudieron hacer con la gran hemorragia que produce la rotura de la vena ilíaca externa que es lo que padeció Ostos. Con aquella cornada se puede decir que se inventó la cirugía taurina contemporánea", apunta.
-¿Qué aprendió de su padre?
-Todo. Fue un maestro en la vida y en la ciencia. Un hombre modesto, discreto pero con una gran personalidad al mismo tiempo, y un cirujano larguísimo que sabía cuál era la mejor vía de abordaje para encontrar la mejor solución. Tuve siempre su apoyo y por ello tengo que estar agradecido de haberle tenido en mi formación.
-En la gravísima cornada a Mariano de la Viña utilizó unos métodos que se los vio emplear a su padre.
-Sí, hicimos un abordaje retroperitoneal de los vasos. Vi utilizar a mi padre esa técnica con una herida sufrida por Miguel Márquez en Zaragoza. Luego yo la utilicé también con Juan Ramos. Mariano de la Viña tuvo la rotura de la arteria femoral superficial y la arteria ilíaca interna. Aquella técnica fue salvadora. Dios nos iluminó.
-¿Es imprescindible ser aficionado para ser cirujano taurino?
-Acompaña y ayuda mucho. Hay veces que el torero controla la situación y otras que el toro es incierto y puede suceder el drama. Si ves cómo se produce la herida, ya te orientas antes de que el torero llegue a la enfermería. Es importante ser aficionado, sí.
-Imagino que no vive igual una corrida de toros teniendo la responsabilidad que tiene que si fuera un mero espectador.
-Debes tener la conciencia de que igual tienes que actuar. Esa circunstancia, la de tener que operar, se puede dar porque estás en un espectáculo con un riesgo evidente. También le digo que el concepto de cirujano unipersonal de tiempos pretéritos está superado por el concepto de equipo. Casos como el de Mariano de la Viña, por ejemplo, si no hubiera sido por los anestesistas no hubiéramos podido hacer nada. En las enfermerías debe haber orden y concierto, con eso ya se lleva mucho ganado, y para eso es clave el equipo, que cada uno sepa qué tiene que hacer en cada momento. El éxito se suele personalizar en quien firma el parte pero la realidad es que el mérito es de un grupo humano con un grado de confianza importante. Haber vivido muchas batallas juntos da ventaja; eso no tiene precio.
Una cirujana jefe, María Pilar Val-Carreres, "una cirujana consumada", en palabras de su padre, un cirujano ayudante, otro segundo, un cirujano vascular, traumatólogo, dos anestesistas -que cumplen el papel fundamental de reanimar a los pacientes-, instrumentistas y un encargado de la enfermería conforman el actual equipo médico de la plaza de toros de Zaragoza.
-La Feria del Pilar y Zaragoza son una feria y una plaza especialmente duras para los toreros.
-Y no solo por el toro, en tiempos el público gozaba de fama de exigente. En otros órdenes, cuando una compañía teatral iba a iniciar una gira, venía a Zaragoza primero y si salía bien el estreno, ya se daba por hecho que la obra podía funcionar. En la vida de cuatro años de un animal como el toro, siete meses de más -de un toro que se pueda lidiar en Valencia por marzo a hacerlo en Zaragoza- les proporciona mucho sentido, seriedad y carácter. También influye que la Feria del Pilar es a final de temporada, con mucho esfuerzo acumulado, aunque ahora los toreros se cuidan mucho, son auténticos atletas y están muy preparados.
-¿Cómo y en qué fundamentalmente ha cambiado la cirugía que conoció en sus inicios respecto de la actual?
-La cirugía se ha servido de los avances de ciencias afines. No hay comparación de los anestésicos de ahora con los que se utilizaban otrora. Los anestesistas aparecen en torno a los años sesenta como especialidad y eso fue un avance notable; los abordajes, las técnicas… con todos los avances que hay no se deben olvidar puntos anatómicos importantes, vías alternativas de abordaje y todas estas cosas que pueden ser de elección para atender una herida compleja.
"El que tiene sentido de la indicación quirúrgica ya tiene temple. El temple da una seguridad enorme"
-¿Las heridas o lesiones que más respeto le causan?
-Los traumatismos craneoencefálicos. Porque ves dónde empieza el problema pero no dónde acaba.
-Creí que me iba a decir las lesiones vasculares.
-Las lesiones vasculares, algunas, como las heridas cardiacas por asta de toro, hasta que no haya un caso que salga adelante, son incompatibles con la vida. Sin embargo, yo he tenido la ocasión de operar dos heridas por arma blanca en el corazón y las dos salieron bien. Cuantos más gruesos son los vasos sanguíneos más próximos al corazón, más difíciles son de abordar; con los más cercanos a las extremidades existen mecanismos para atajarlos de una forma u otra. En la enfermería lo mejor es enemigo de lo bueno.
-Estábamos en los traumatismos craneoencefálicos.
-Si los traumatismos craneoencefálicos producen una lesión medular, hoy por hoy no tienen buena solución. Entre otras cosas por las consecuencias que pueden tener para el paciente, para su vida si sale adelante. En la cornada a Juan José Padilla, antes de hacer nada, era preceptivo realizar un TAC porque sabíamos lo que tenía en la vista pero ya está; a partir de ahí no teníamos capacidad de maniobra para explorar, para saber hasta dónde había llegado la herida. Vimos que había grandes fracturas en el macizo cráneo-facial pero era preceptivo, y fundamental, hacer un TAC.
-¿La cornada a Juan José Padilla ha sido la más grave a la que se ha enfrentado?
-Por su singularidad, quizá sí. De gravedad inminente, la de Mariano de la Viña. La mañana de la cornada a Mariano, operamos en los festejos populares una torácica muy grave también. Hemos tenido un abanico de lesiones muy llamativo.
-Se habla del temple de los toreros como virtud fundamental, pero habría que poner en valor el de los cirujanos…
-En cirugía hay un aforismo muy válido que dice que indicar es arte, operar es técnica. Saber cuándo hay que actuar, cómo hay que actuar y de qué forma supondría el arte; la técnica es mera técnica. El que tiene sentido de la indicación quirúrgica ya tiene temple, no le quepa la menor duda. El temple da una seguridad enorme.
La conversación con el doctor Val-Carreres viaja de un lado para otro, de los recuerdos, como aquella vez en Tokio donde los toreros reclamaron su presencia, que siempre da tranquilidad e insufla valor a los que van a torear, para la corrida que se organizó en la capital japonesa y de la que vino con la moral alta al comprobar que en un país tan adelantado tecnológicamente un colega suyo, enamorado de la cirugía hepática como él, utilizaba el mismo instrumental norteamericano como el que empleaba en Zaragoza; al presente, con un homenaje del que asegura sentirse "abrumado y agradecido", y que resume una vida: "Sin el calor de los toreros y de los aficionados hubiera sido muy difícil llevar todos los casos que hemos llevado, que no han sido pocos y algunos de ellos, muy delicados".
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Carlos Val-Carreres: "El temple da una seguridad enorme"
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