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Dolor, mucho dolor

La tragedia de Urda ha producido dolor, mucho dolor a muchas familias, también a la del mundo del toro. El destino ha querido que Antonio Vázquez, hombre de toros, de campo y de palabra, encuentre la muerte en un viaje que tenía como único propósito seguir haciendo aquello que más le gustaba: vivir por y para el toro. Jienense de Linares como su hermano Curro Vázquez, compartió con él una vida ligada a los ruedos y supo construir su propio camino en una profesión que conocía como pocos. Hombre de confianza de toreros, como apoderado y como conocedor del toro en el campo, hizo del conocimiento, la discreción y la lealtad sus principales señas de identidad.

Cuesta imaginar el silencio que habrá dejado Antonio en su casa, en su hijo Fran (al que no pudo impedir que transitara por el apasionado pero complejo mundo del toro), en sus hermanos Curro y José, en las plazas, en las ganaderías y entre quienes compartieron con él tantos momentos de una vida taurina plena. Porque hay personas cuya ausencia se nota especialmente en los lugares donde antes estaba su presencia.

En los últimos años guiaba la carrera de Pablo Aguado, al que había acompañado desde sus primeros pasos, compartiendo ilusiones, dificultades y triunfos. Antes había formado parte del equipo que lanzó primero, a Francisco Rivera Ordóñez y después, al de Cayetano. Quienes le hemos conocido sabemos que en su trabajo no buscaba protagonismos. Era de esos hombres que preferían que hablasen los toreros, que brillase el toro y que el resultado se defendiera por sí mismo. Sabía que detrás de cada tarde de gloria hay muchas horas de trabajo que casi nadie ve, y ese trabajo hecho con devoción era lo que llenaba ese espíritu que tenía de hombre que amaba apasionadamente la fiesta que un día le atrapó para su gloria.

El destino ha querido que precisamente cuando se dirigía a cumplir con una de esas obligaciones que daban sentido a su vida, la parca le tendió la más terrible de las trampas. Viajaba hacia Andalucía para visitar la ganadería de Núñez del Cuvillo, para mirar toros, analizar hechuras y seguir alimentando esa pasión que nunca entendió de calendarios ni de jubilaciones. Esta tragedia nos recuerda, de la manera más dolorosa, la fragilidad de la existencia. Antonio salió de viaje pensando en toros, en ganaderías y en la próxima temporada. No sabía que aquel trayecto iba a provocar mucho dolor.

Que Dios te tenga en su gloria, amigo. Y que allí donde estés puedas seguir viendo toros, hablando de toros y disfrutando de esa pasión que fue siempre tu vida.

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Dolor, mucho dolor

Pedro Toledano

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