Con los primeros fríos han llegado para los toreros las bodas y los cambios de apoderado. Si será para bien o para mal, el tiempo lo dirá. Tanto lo uno como lo otro. Las dos cosas tienen arreglo, lo primero con él “por ahí te pudras” o el divorcio, y lo segundo con otro “seguimos siendo amigos pero he creído que necesitaba explorar nuevos horizontes”. Nada es para siempre, y dice un antiguo refrán que “el que no se cambia cría miseria”. Paco Ureña ha hecho doblete: Se ha casado con una hija del gran Dámaso, que no es mala reata, y si se comporta como un buen marido tendrá esposa fiel y amorosa para toda la vida. En cuanto al apoderado, no sé porque se me antoja que es asignatura más volátil y de más difícil encaje, y sospecho que en esa relación cuenta poco el romanticismo. De todos modos suerte, que se la merece por valiente, sacrificado, buena gente y buen torero.
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