La tarde del 21 de agosto de 2013 en Vista Alegre merece ser analizada porque seguramente pasará a la historia de la tauromaquia, ya que en ella concurrieron una serie de circunstancias que convierten a esa corrida del ciclo bilbaíno de este año en arquetípica de la grandeza de la fiesta de los toros. De entrada, la conjunción de la gloria y la tragedia en las dos horas de su desarrollo hicieron del espectáculo algo épico, tremendamente emocionante para quienes sentimos el toreo en lo más hondo. Y además, se dio una circunstancia que difícilmente se suele conjugar en estos tiempos de toros descastados y toreros señoritos. Hubo toros y hubo toreros. Así como un público predispuesto a ser transportado a los tiempos en los que el toreo quedaba ennoblecido por el sentido heroico de quienes lo practicaban, que gozaban de la más rendida admiración de los espectadores, que eran auténticos creyentes de la fe taurina.
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La grandeza del toreo
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