BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS
El catalán, durante su estancia en el sanatorio de Benicasim.
El catalán, durante su estancia en el sanatorio de Benicasim.

Mario Cabré, el nombre que han querido borrar

Cuando ser torero, barcelonés, actor y hacer teatro en catalán se veía desde la normalidad
José Luis Benlloch
domingo 05 de julio de 2020
Mario Cabré, catalán, torero, poeta, actor y estrella de la televisión española. Y no, no es una contradicción por mucho que desde la óptica actual pudiese parecerlo. Sí es una de las biografías públicas más apasionantes de la segunda mitad del siglo veinte y desde luego un ejemplo total de la transversalidad ideológica de la […]

Mario Cabré, catalán, torero, poeta, actor y estrella de la televisión española. Y no, no es una contradicción por mucho que desde la óptica actual pudiese parecerlo. Sí es una de las biografías públicas más apasionantes de la segunda mitad del siglo veinte y desde luego un ejemplo total de la transversalidad ideológica de la tauromaquia y, en consecuencia, tanto de sus protagonistas como de sus seguidores. Estos días se cumplen treinta años de su muerte. En el recuerdo queda su relación con Ava Gardner, que posteriormente ella desmitificó, solo en parte; sus elegantes lances a pies juntos en las plazas de toros de todo el mundo; su conducción del programa de TVE “Reina por un día” cuando tele no había más que una y marcaba el paso mediático de los españolitos.

Pero poco se ha hablado, en realidad nada, en estos tiempos de algaradas nacionalistas contra lo español, incluida la lengua y el toreo como emblemas identitarios, de los tiempos en los que el gran Cabré se volcaba con la lengua y el teatro en catalán. Lo que no hacía nadie, desde luego nadie de los abanderados actuales de la cuestión que le han olvidado por razones obvias. Llegado noviembre, acabada la temporada en las plazas y sobre todo una vez retirado, gastaba en ello el dinero que había ganado en los ruedos y cuentan que hasta el que no había ganado. Monta e interpreta teatro en catalán al tiempo que prueba suerte como empresario. Triunfa en la escena con Terra Baixa, La ferida Lluminosa o El Místic, y fueron célebres sus interpretaciones de Don Juan Tenorio, una de ellas con escenografía de Salvador Dalí.

Con Ava Gardner, la aventura que le persiguió.

En el mundo de la poesía fue un prolijo autor y se consagró con Maramor, que le valió el Premio “Ciudad de Barcelona” en 1972. Por todo ello y por su personalidad abierta y culta fue durante varias décadas protagonista indispensable de todo acto social que se preciase en la sociedad barcelonesa, según le reconocían los medios catalanes.

No sé si en estos tiempos de feroz revisionismo le hace un favor recordar sus valores, pero mucho más injusto es el olvido al que le han sometido en los últimos años. Roberto Espinosa, también catalán y torero, que mantuvo una buena relación con Cabré, al que acompañó en varias de sus actuaciones teatrales por diversas ciudades catalanas y en el Romea de la capital, destaca de él su toreo elegante, su espíritu bohemio, su empatía personal y su amor por lo catalán: “Yo me pregunto por qué le ningunean, dónde están los que ahora defienden tanto la cuestión catalana”.

La tarea de mecenazgo teatral del diestro cuando se cumplen treinta años de su muerte pasa interesadamente desapercibida

En el cine protagonizó numerosas películas de la época, pero de todas ellas Pandora y el holandés errante fue la que más fama le dio por su encuentro con Ava Gardner, que fue más allá de las cámaras. Pasados los años, las versiones de los dos protagonistas difieren en la intensidad de las mismas. Ava, que no lo negó, escribió que fue poco menos que una resaca, pero durante varias décadas aquel idilio se convirtió en una especie de satisfacción nacional que compartía con Luis Miguel y Sinatra, entre otros muchos.

En el tramo final de su vida el matador catalán sufrió una embolia cerebral que mermó la movilidad de su brazo y pierna derecha a finales de los setenta, de la que se recuperó -solo parcialmente- en el legendario y ya desaparecido centro de termalismo de Benicasim, donde durante varios años se convirtió en el mejor psicólogo de los enfermos, a quienes animaba a superar el trance que les había llevado hasta allí.

Cabré, diario en mano, dibuja un pase en la plaza de Valencia.

Nacido en una familia de actores, le gustaba recordar que esa fue su profesión heredada de las muchas que practicó, al tiempo que apuntaba que no fue torero por necesidad sino por pura vocación. Así se lo contaba al periodista Antonio Santainés: “Nunca la necesidad económica, que indudablemente existía, contó para nada”. De hecho, admitía: “En las primeras salidas de becerrista y novillero con picadores, alguna tarde tenía que añadir dinero encima”; y le declaró dónde llegó su primera ganancia en el toreo: “Poco o mucho -decía- fue en Barcelona. De novillero. El 23 de septiembre de 1935. Alternando con Rafael Ortega “Gallito” y el mejicano Silverio Pérez. No recuerdo cuánto. Pero lo que me podía quedar, hoy sería para cenar los dos en un restaurante de tercera categoría”, confesaba el maestro al entrevistador.

UNA CORNADA DE PELÍCULA

Cabré tomó la alternativa el 1 de octubre de 1943 en Sevilla de manos de Domingo Ortega, quien se la confirmó ocho días después en Las Ventas: “El maestro -contaba en alusión a Ortega- estuvo muy cordial conmigo y me dijo alguna cosa que no recuerdo debido a los nervios del momento. Lo que sí me hubiera gustado decirle a él es que en aquel momento hubiera querido ser él y no yo, porque él tuvo una tarde realmente redonda y a mí la cosa nada más quedó en medio, es decir en quebrada”.

Clásico lance a pies juntos de Mario Cabré.

También saboreó la parte dura del toreo en forma de cornadas, hasta en dieciocho ocasiones visitó el hule médico. La más grave tuvo al cine como aliado. Sucedió mientras grababa la película “El Centauro” en El Toruño, la finca de los Guardiola. El guion exigía que se enfrentase a un toro semental en la angostura de una corraleta y con una chaqueta como engaño. Tras una primera toma el director consideró que la escena no había salido bien y debía repetirse. En esta ocasión a quien la suerte le fue esquiva fue al protagonista. El toro, ya avisado, le prendió por el muslo y le infirió un cornalón que le tuvo cuatro meses en la clínica de Nuestra Señora de los Reyes en Sevilla.

Mario Cabré murió en Barcelona, a los 75 años, en la calle Aribau, no muy acompañado, en el mismo lugar donde había nacido en 1916 en el seno de una familia de modestos actores. En la actualidad su sobrino Mario Gas es quien ha continuado la dinastía artística.

ARTÍCULO PUBLICADO POR JOSÉ LUIS BENLLOCH EL 05-07-2020 EN EL DIARIO LAS PROVINCIAS

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