Era como si una mano maestra hubiera pintado el día para él. La tarde sobre el papel, una de tantas. Los toros, ni grandes ni pequeños, ni muy bravos ni mansos...
Era como si una mano maestra hubiera pintado el día para él. La tarde sobre el papel, una de tantas. Los toros, ni grandes ni pequeños, ni muy bravos ni mansos. El público, a pasar el rato sin demasiadas exigencias. Pero de pronto, en el aire de la atardecida sonó el crujido cósmico que se produce cuando un toro de bandera irrumpe en el ruedo y Alberto Pozo, un novillero albaceteño sin suerte, se encontró con el novillo de su vida. Bravo hasta la pared de enfrente, noble, encastado y codicioso, que le puso dos orejas a su disposición. Y como Pozo es también valiente y bravo, nadie permaneció indiferente al milagro de dos bravuras que se encuentran en el mismo sitio y a la misma hora. Y cuando eso se produce se electrizan los graderíos, surge la grandeza de la Fiesta y nadie permanece al margen. Hasta los mulilleros se vuelven beligerantes.
¿Aquello duró un siglo o unos segundos? Yo solo sé que voy andando por la calle y todavía veo al de El Cortijillo embistiendo sin descanso. Y hasta me temo que esta noche voy a seguir soñando con esa alegría en movimiento que es un toro bravo de verdad. Ahora comprendo la felicidad de un ganadero cuando uno de sus toros embiste como el quinto de la primera novillada de la Feria de Albacete.
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Milagro en la tarde
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