Hablar de la Real Maestranza de Sevilla, por la Feria de San Miguel; de Las Ventas, por la Feria de Otoño, y de Zaragoza por el Pilar, es hacerlo con respeto y una buena dosis de admiración hacia las figuras que se han dejado anunciar en tan distinguidos abonos. Y más si, ahora ya sí hay que decirlo sin rubor, vienen de haber protagonizado la que me atrevo a aseverar ha sido una temporada de máximos, de mucho misterio y gran pasión tanto por los ilustres como los jóvenes que piden paso, y entre todos, esos dos excepcionales animadores que han sido Morante de la Puebla y Roca Rey.
Como pueden apreciar he omitido el 9 de Octubre de Valencia. Normal. No tiene, de momento, carácter de ciclo como sí lo tienen los antes referidos. Pero en esta ocasión tiene algo muy especial, diría que mucho mensaje. Para el día grande de la Comunitat, la empresa Nautalia -creo que atendiendo el interés del casero del coso, el presidente de la Diputación-, ha logrado algo que la afición de Valencia venía añorando desde hace ya demasiados años: que se le ofrezca algo a tono con su historia. Y no cabe duda de que el encuentro entre el sevillano y el peruano en el albero de la calle Xàtiva corresponde a ese anhelo: es el choque directo más estimulante que puede ofrecer la tauromaquia contemporánea.
La presencia conjunta de ambos espadas devuelve a Valencia el rango perdido de hito imprescindible del calendario, ofreciendo al público el contraste definitivo entre la gracia estética y el poder absoluto. Morante ha hecho de la expresión, la personalidad, el misterio y la inspiración una forma de torear que trasciende muchas veces la propia faena. Andrés encarna otra concepción: la exposición, la intensidad, el poderío, la capacidad de asumir el riesgo y una relación con el público construida desde la emoción inmediata. Ponerlos juntos es enfrentar la pureza de un sentimiento contra una fuerza incontenible de la naturaleza.
Entre ambos aparece Tomás Rufo, un torero que ha ido ganando sitio y que llega a una tarde de semejante dimensión con la obligación -y también con la urgencia- de demostrar que su presencia no es la de un convidado forzado, sino la de un protagonista. Para que al final podamos motejar la tarde de acontecimiento, sólo falta -¡ay los hados del campo!- que los toros de Álvaro Núñez, sean bravos, encastados y respetados en las vísperas. Que así sea.
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Misterio y pasión en el ruedo valenciano
Solo Perú vive un estado de euforia y crecimiento bajo los efectos de Roca Rey
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