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No hay mal que cien años dure...

...ni cuerpo que lo resista”. No sé si es así exactamente el texto del refrán pero viene al pelo con la situación que vive en la actualidad el toreo, tanto en lo que afecta al arte como al negocio que de este dimana. De momento la temporada está en el aire, y todo depende de los resultados de la descongelación del confinamiento que han organizado Sánchez y sus acólitos, que saben de epidemias, pandemias y derivados tanto como el que suscribe, que es cero patatero. Ahí está la realidad que nos ha proclamado campeones de muertos por el Covid-19 en todo el hemisferio occidental y buena parte del oriental.

Ahora se habla de recuperar las corridas de toros pero con los tendidos ocupados con el distanciamiento de 9 metros cuadrados por espectador. Con el carácter de los españoles, capaces de hacernos entre nosotros más trampas que una película de chinos, cualquiera le pone el cascabel al gato. Aparte de que la aventura de dar toros en esas condiciones seria espectacularmente ruinosa en el aspecto económico y está por ver si los toreros se prestarían a semejante experimento.

El toreo es un espectáculo de multitudes, aparte de una explosión genuinamente popular, escasamente proclive a geometrías sanitarias que poco cuesta divulgarlas pero que ponerlas en práctica puede resultar “imposible por no ser posible”, como diría Calderón, mozo de espadas de Sánchez Mejías. Eso sería casi como llevar a los espectadores a la plaza cogidos de la oreja y a mí se me antoja que en esas circunstancias los españolitos que vinimos al mundo -“Nos libre Dios”- si nos dieran a escoger entre toros y libertad nos decantaríamos por la libertad.

Más valdría que nuestros políticos -que nuestros son aunque no nos los merezcamos- dieran la actual temporada por perdida y, en contrapartida, se metieran de lleno en la tarea de entender de una vez por todas lo que significa la fiesta de los toros para un país como España, tanto en el aspecto artístico como en el económico, y dejaran de tratarla con tanta frivolidad. Y naturalmente se afanaran en buscar fórmulas para que quienes tienen la responsabilidad de poner el espectáculo en pie tuvieran ayudas y atenciones estatales que hicieran posible reanudar la normalidad cuanto antes mejor. Pero sin saltos mortales ni ideas genialoides que a nada conducen.

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No hay mal que cien años dure...

Paco Mora

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