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MADRID

Las mejores faenas de San Isidro según Suárez-Guanes

Doce toreros para el recuerdo

martes 02 de junio de 2020, 09:00h

Uno de los últimos artículos de José Luis Suárez-Guanes en Aplausos antes de fallecer en 2017, fue éste sobre las mejores faenas de San Isidro.

¿Cuáles son las mejores faenas de la historia del San Isidro madrileño? La tradición coloca en primer plano –me encuentro entre estos tradicionales- la que realizó Antoñete, el 15 de mayo de 1966, en la segunda corrida de aquella feria. Se unieron esa tarde el estilo clásico del inspirado Chenel con la alegre nobleza y el galope de aquel “Atrevido”, de Osborne, de pelo “ensabanao” y denominado, simplemente y para siempre, como el toro blanco.

El mismo Antoñete, en su vuelta, a sendos garzones: el “Danzarín”, de 1982, entre una prolongada lluvia y el “Cantinero”, de la misma divisa, en el ciclo de 1985, antes de su segunda retirada. Pero aquel “Atrevido”…

Muchas han sido las faenas grandes de Curro Romero en las fiestas del patrón de Madrid. En los sesenta fue protagonista de hasta tres salidas a hombros en el abono. Pero pienso que su mejor labor fue con otro garzón –Cara rosa- también entre la lluvia y con la mano izquierda, como base de su labor. Era el 3 de junio del 1981. Ocho años antes había inmortaliza a aquel Benítez Cubero de nombre “Marismeño” -¡cuántos cuberos en el palmarés del “Faraón”- en una corrida en la que entró por la puerta falsa de las suplencias. Todavía, en 1985, hizo una faena de alto rango: su última oreja en San Isidro.

Antonio Bienvenida, el más querido y esperado en Madrid, estuvo, casi siempre, mejor fuera de feria que en feria. Para mí su mejor faena isidril correspondió a la mal llamada corrida del salario de miedo, denominada así por la veteranía del cartel integrante, y que se convirtió en apoteosis para un Antonio Bienvenida que se “arrebujó” más que nunca con un sobrero de Juan Antonio Álvarez. Antonio ese día compartió el éxito con un reaparecido Pepe Luis Vázquez y un Julio Aparicio, épico en su casta. El mano a mano del 66 con Romero no lo dejó en saco roto.

¿Qué decir de Paco Camino, el que más orejas ha cortado en la feria? ¿O de Santiago Martín “El Viti”, el que en más ocasiones traspasó la puerta grande? De los múltiples y gloriosos trasteos de Camino, me quedo con el del sobrero de El Jaral, el 22 de mayo de 1975, día el 22 de mayo de las faenas grandes, sin olvidar aquel “Serranito”, de Arranz, en el 71.

¿Y El Viti?: Difícil elegir entre muchas. Quizá la de “Indiano”, un colorao de Garzón, que lo hizo pasar a la historia con su temple orteguiano, aquella majestad manoletina y un toreo de esencias belmontinas. Las tres cosas las conjugó el salmantino. Era la feria de 1966.

Antonio Ordóñez o el empaque llevado hasta la última instancia salió consagrado de Madrid, como novillero, del San Isidro de 1951, al triunfar con un “santacoloma”, de Felipe Bartolomé. Feria redonda, la de 1952; rendondísima, la de 1968, pero si hay que elegir alguna faena entre todas, me quedo con la de “Bilbilarga”, de Atanasio Fernández –feria de 1960- entre un aparato eléctrico de agua, rayos y truenos y con el colofón de la estocada entregándose, después del excelso toreo. No olvido el “Comilón”, de Pablo Romero, en el historial de rondeño, corría 1965...

No hay que dejar en el tintero la excelentísima faena de Rafael Ortega, en 1967, a un toro de Higuero, el mismo día que Curro Romero, adrede, se dejó un toro vivo.

No se puede hablar de los “san isidros” de los cincuenta sin recordar al “Misionero”, de Castillo de Higares, con el que Pepe Luis Vázquez soñó el toreo. No se puede concebir esta década, en Las Ventas, sin mencionar otros dos nombres, triunfadores siempre: Julio Aparicio, cuya mejor labor, pienso, fue con el sobrero de Rodríguez Santana, que estoqueó en 1955.

Dos años después, Manolo Vázquez, hizo pasar a la historia a “Lagunillo”, de Juan Cobaleda, en triunfo compartido con el citado Aparicio y Litri. Después mucho tiempo en blanco hasta llegar al mágico trasteo de Julio Aparicio (hijo) a un sobrero de Alcurrucén, en 1994, y ¡cómo no! los muchos toros cuajados por José Tomás en el trienio de 1997-99, sobre todo otro “Alcurrucén”. Estas son las faenas que más huellas han dejado en mi ánimo, en mi gusto personal. Hubo sucesos, con el advenimiento de César Rincón, las ocho orejas de El Cordobés, las siete de Chicuelo II, el rabo concedido a Palomo, la corrida del siglo de 1982, las gestas de Ruiz Miguel, las trayectorias de Andrés y Curro Vázquez, de Diego Puerta, de Teruel. El “Clarín” de Manzanares, el “Buenasuerte” de Paquirri, el “Cumbreño” de Capea, el “Cabezudo” de Ortega Cano, el “Lironcito” de Ponce, el de Victoriano del Río de “El Juli”, varios toros cuajados por “El Cid”, y antes los Girón, Gregorio, Ostos, Posada… pero eso es otra historia diferente.