"Plaza de Ronda, la de los toreros machos…". Qué acertado estuvo Fernando Villalón, el poeta que quiso ser ganadero para criar toros con los ojos verdes, a la hora de describir el monumento de piedra que fue, ha sido, y la restauración que ha recibido después de más de dos siglos de existencia hace pensar que seguirá siendo, plaza de toreros, plaza de memoria y por siempre plaza de toreros machos. Cada una de sus 136 columnas, ahora relucientes y espléndidas al recuperar la lozanía que el paso del tiempo le había robado, vienen a recordarnos que han sido testigo de excepción de una rica historia, ya leyenda por mor de una ingente serie de toreros plenos de arrojo y personalidad que hollaron su arena.
Después de los dos años de abstinencia ha sido hermoso y también emotivo ver la nueva cara de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, y mas aún para quien firma esta columna. La primera vez que me acomodé en sus históricas piedras fue aquella tarde del 9 de septiembre de 1980, que al final sería la última goyesca que torearon Antonio Ordóñez y Paquirri. Y lo hice atendiendo la invitación del amigo a la vez que el torero que mejor escenificó el concepto de torero macho que cantase el poeta, Francisco Rivera Pérez, el amigo del alma que nunca debió irse tan pronto.
Si aquella fue la primera vez, desde entonces mis peregrinajes se sucedieron. Esencialmente porque en la goyesca se respira la esencia primigenia de la tauromaquia más ilustrada. La plaza, su arquitectura, sus piedras y sus maderas de pinsapo que la adornan, te regalan un ambiente tan íntimo y tan natural que te embriaga. De todas las cosas que podría contar de las varias goyescas que he presenciado, hay una que puede enlazar los recuerdos pasados con la más rabiosa actualidad.
Una madrugada de luna llena, Morante le pide a Francisco Rivera Ordóñez que le abra la plaza. El deseo fue plena y puntualmente atendido. El maestro de La Puebla del Río quería estar sólo en el ruedo, y así fue. Se dirigió a la misma boca de riego. El recogimiento duró bastantes minutos. ¿Quiso José Antonio establecer algún vínculo con los toreros machos que habían pisado tan venerada arena?… estas últimas temporadas dan la respuesta.
De esta última cita me quedo, sobre todo, con el esplendor que tuvo el reencuentro de Ronda con el toreo, con la sentida, medida y muy torera faena que le cuajó Manzanares al quinto de la tarde. Al final del festejo y al darle la enhorabuena me dijo muy emocionado: "Hoy hace trece años que nos dejó mi querido abuelo", y continuó: "Creo que al tenerlo presente, he sentido toda la energía que él solía transmitirme. Ha sido una faena muy sentida, muy de los Manzanares”. El toreo sigue siendo, sobre todo, emoción y sentimiento.
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Ronda, la de los toreros machos
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