Que nadie me hable de ortodoxia y heterodoxia en el toreo. Se trata de un arte en toda la extensión del concepto, y por tanto en lo imprevisible y genial tiene su mayor atractivo. De un tiempo a esta parte hay un torero que inventa continuamente y hasta sospecho que, a veces, hasta sin percatarse de que lo está haciendo. Su manera de estar en el ruedo tiene un halo de misterio que le obliga a improvisar y hacer cosas de esas que si las ensayas no te salen. Me estoy refiriendo a Antonio Ferrera que ha pasado de ser para los “entendidos” un torero listo -siempre lo fue- y de tan alegre y bullidor casi ratonero, a meterse a los públicos de España, Francia y América en el bolsillo del chaleco.
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Un torero con alma
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