Lo primero es para emocionarse. Ver Illumbe con la luz del toreo en el norte, con cuatro días pletóricos de público, de aficionados, de buena gente que llenó hasta las casi cincuenta mil localidades, que dejó catorce millones en el trabajo, el comercio y el ocio, de una de las ciudades más bellas de Europa entre el abrazo de la Concha, la playa grande y famosa, y Ondarreta, la playa pequeña, la hermana menor del lujo donostiarra. Todo eso fue un milagro. Y don Manuel Chopera, el empresario más grande, en altura y en logros, que reinó en Iberia, en Francia y en todos los cinco países americanos donde había plazas, toros y afición. Esa plaza era, y es, el legado de un indiano vasco, lehendakari le llamábamos, que tras recorrer y laborar en todo el planeta de los toros dejó ese monumento cerca de su ciudad, en ese monte desde el que veíamos el mar el año de la inauguración antes de que le pusieran la txapela de cristal a Illumbe.
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